La biblioteca fantasma

Del cubismo al clasicismo (II)


Gino Severini, Llegada del tren subterráneo a París, 1915 (Tate-Liverpool)

(Prosigue el capítulo I.)


Veremos enseguida cómo el triángulo generador inscrito en el pórtico del templo de Jonsu en Karnak (de la vigésima dinastía) es el mismo que se inscribe en la fachada del Partenón de Atenas y que sirvió después para erigir la nave central de Notre-Dame, en París.

Por esta razón, desde hace algunos años sostengo la siguiente tesis: los «medios» no cambian a través de las épocas; sólo puede hacerlo el aspecto exterior de las obras.


La misma historia lo demuestra: los griegos tomaron sus «medios» de los egipcios; los romanos, de los griegos; los godos, de los romanos, de los orientales y de los griegos; y el Renacimiento, en parte de los godos y, sobre todo, de los griegos.


Con estos «medios» eternos, basados en las eternas leyes del número, cada época ha creado su estilo. Y cuando en el Renacimiento el «individuo» sintió el deseo de separarse y elevarse respecto de la masa, el artista afirmó su personalidad y la unió a la originalidad —lo cual, dicho sea de paso, fue el inicio de la decadencia—; de ahí que la pretensión de inventar nuevos medios, empíricos por necesidad, con el pretexto de buscar lo nuevo y lo original, sea una completa locura. El menosprecio por cualquier método basado en la ciencia es absurdo y fútil.


Hoy muy pocos comprenden esta verdad tan evidente, tan de moda está el fetichismo de la novedad. A primera vista puede parecer extraña una falta de comprensión tan generalizada, y más si se tiene en cuenta que no faltan escritores e intelectuales de gran cultura. Sea como fuere, esos intelectuales no comprenden el arte contemporáneo y corren el peligro a perderse en los sofismas más contradictorios porque poseen una insuficiente cultura matemática.


Hoy se lee y estudia sobre todo a filósofos, novelistas y poetas, y en general interesan poco los geómetras y los matemáticos —quienes, por su parte, no suelen interesarse por cuestiones estéticas y artísticas.


En la edad del oro del arte, en cambio, los filósofos eran geómetras y los artistas eran primero geómetras y después filósofos.


Una de las causas principales de nuestra decadencia artística es sin duda la separación entre Ciencia y Arte. Pero la Ciencia, para un artista, es un jardín maravilloso por el que pasear recogiendo los frutos más bellos y maduros adecuados para la obra. Todos están al alcance de la mano; el problema es cómo entrar en el jardín.


(Traducción de Gongren)