La biblioteca fantasma

El paso errante

EL VENEZOLANO COLL.- D. Pedro Luis [i. e. Emilio] Coll, va a veces por Pombo. Es un hombre muy interesante, que se produce con una sinceridad atormen­tada y extraña.

(Sí, sí, en alguna ocasión he dicho bajo el título de Mentiras, «nuestros queridos hermanos los americanos», pero con eso desmentía ese falso amor de los agentes de hotel, de los cicerones, de los comisionistas que fundan las asociaciones Hispano-Americanas y viven a su sombra, y que son los que pronuncian con más amarga falsedad el «nuestros queridos hermanos». América es algo serio y suntuoso, y cuando insistimos con otra clase de desprecio, conste que despreciamos a los burgueses que hay aquí también, pero que allí, en un pueblo de acaparadores, de terrate­nientes, de multitudes más esclavas del trabajo que las de ningún lado, nos referimos a esos burgueses cochambrosos, y con ellos, despreciamos también a los nuestros. Por lo demás, creo que en América se fragua una manada de Rubenes Daríos acosadora, y que allí surgirán los que nos so­brepasen.

Aquello es magnífico, tan magnífico que nos desorienta, más que la Ar­gentina, las otras Repúblicas.)

D. Pedro Luis Coll representa a Venezuela en España. Es interesante oírle contar cosas extrañas y fantásticas. Le oímos con admiración. Cuando llegó el primer día, nos dijo:

-¿Con que esta es una peñita?

-No, esté es un peñón -le respondimos.

-¡Ah! -contestó-, y desde entonces se remonta más cuando habla de sus «recuerditos».

Coll nos ha contado ya muchas cosas.

«…Que dice un amigo suyo que cuando los yanquis comienzan a ma­tar mosquitos, malo, es que se van a quedar con el país en que los extir­pan. »

«…Qué el terrible no es el negro, ni el indio, sino el zambo, o sea, el cru­zado de indio o negro.» «¡Dios nos libre de un zambo!¡Qué cosa terrible es un zambo, compañeros!» (Y cuando decía eso, se veía su verdadero pavor

hacia ese tipo de instintos terribles, ese tipo imperdonable e implacable.) «…Que hay playas en que tienen que poner unas grandes redes metáli­cas para que no se coman los tiburones a los niños.»

«…Que en el Orinócó y el Amazonas, están las tribus vírgenes. (¡Cuán­tas veces surge en su conversación el brutal Orinoco y la brutal Amazonas!).» «…Que no llueve nunca en Lima, y las casas están abiertas por arriba viéndose el cielo raso como techo de las alcobas.»

«…Que los toros de su tierra son verdaderos y terribles toros, y que cuando Manolete fue allí a torear y los vio, echó a correr y no se supo más de él, y Gaona no quiso torearles… Terribles toros, compañeros, un gana­do cimarrón espantoso, al que hay que coser los ojos. («¿Coser?» «Sí, co­ser, coser»), para poder llevarlo a la ciudad.»

«…Que hay unas arañas con cara de mona, una pequeña cara de mo­na, y que al que se agarran le hacen morir fatalmente en muy pocos mo­mentos.»

«…Que entre llaneros sucede que el padre no ve nada de cerca, ve sólo de lejos, cada vez más lejos, cada vez menos cerca, cada vez más allá del ho­rizonte, abarcando enormes distancias y lleva a su hijo para que le digan los peligros cercanos, porque el hijo aún ve lo cercano… (Es hermosa esa simbólica realidad del hombre de experiencia y del hombre naciente).» «…Que en su tierra el Carnaval, es algo abracadabrante… Todos, todos se disfrazan, hasta el arzobispo… En esos días no puede salir de casa sin dis­frazarse, ni el Presidente… Él, un día de Carnaval, tuvo que salir a buscar una medicina urgente y no pudo continuar el camino. Se cebaban en él… Tuvo que volver a casa a ponerse un sombrero de copa y bigotes y una bar­ba postiza, yendo así a la farmacia, donde se encontró que el boticario des­pachaba vestido de Pierrot.»

«…Que una vez en los Estados Unidos, un negro violó a una blanca, y todos salieron a cazar el negro a caballo, con rifles, y el negro huía, se tira­ba de un árbol a otro con una presteza maravillosa, hiriéndole al fin cuan­do cruzaba el río como un pez y lo expusieron en una jaula. (Esto lo con­taba para que se vea el desprecio a los negros que hay allí arriba).»

«..:Que allí sí que hay tiranuelos; que hubo uno llamado «el Violador», al que su criado Colón le decía en qué barrio había una linda muchacha «con las tetitas como a usted le gustan, general»; y hubo otro que ordenó que todo el mundo se afeitase y gastase chaleco rojo (lo del chaleco rojo no estaba mal; Gautier hubiera ordenado eso mismo de ser emperador).» «…Que allí hay la serpiente traga venados, que se los traga enteros, y quedan sus cuernos fuera hasta que la cabeza se pudre y se caen los cuer­nos con la cabeza. (¡Pobres maridos engañados a los que coja en el bosque la tal serpiente!»)

A veces, D. Pedro Luis Coll nos habla de su poetas, entre otros de ese admirable José Asunción Silva, que se suicidó, y antes de suicidarse escri­bió su bella composición titulada «Cápsulas».

CÁPSULAS

El pobre Juan de Dios, tras de los éxtasis
del amor de Anisera fue infeliz.
Pasó tres meses de amarguras graves,
y, tras lento sufrir,
se curó con copaiba y con las cápsulas
de Sándalo Midy.

Enamorado luego de la histérica Luisa
rubia sentimental,
se enflaqueció, se fue poniendo tísico
y el año y medio o más
se curó con bromuro, y con las cápsulas
de éter de Clertán.

Luego, desencantado de la vida,
filósofo sutil,
a Leopardi leyó, y a Schopenhauer
y en un rato de spleen
se curó para siempre con las cápsulas
de plomo de un fusil.

(Por cierto, que ante su entierro de suicida, se le ocurrió al admirable y valiente Julio Flórez una composición en que acababa diciéndole a Silva: «Si Dios no te perdona, yo te perdono.»)

También estaba bien aquella otra poesía que él nos recitó del mismo y malogrado José Asunción Silva:

LENTES AJENOS

Al través de los libros amó siempre
mi amigo Juan de Dios,
y tengo presunciones de que nunca
supo lo que es amor.

Apenas le apuntaba el bozo, cuando
muy dado a Lamartine
hizo de Rafael, con una Julia
que se encontró en Chuachí.

Tras de muy largo estudio obtuvo luego
título de doctor,
La Dame aux Camélias de Dumas hijo
una noche leyó.

Y creyéndola cierta como un texto
de Dujardin-Baumetz,
fue el Armando Duval de una asquerosa
Margarita Gaurier.

Después, estando en Tunja, como médico
del hospital mayor
dio en soñar en amores que ofrecían
menos complicación.

De Gustavo Flaubert prestóle un tomo
Antonio José Ruiz,
y fue el Rodolfo Boulanger de una
madama Bovary.

Pasada aquella crisis formidable
con Ana se casó; siguieron cuatro meses de ternura
a lo Gustavo Droz.
Todo hubiera marchado a maravillas
en esa unión feliz,
sin la influencia fatal de una novela
que la dañó el magín.

Leyó de Emile Zola un solo tomo
y se creyó el Muffat
de Aniceta Contretas que era entonces
una s’emi-Naná.

Y así paso la vida entre los sueños
y llegó de ella al fin,
dejando tres chicuelos y una esposa
que fue muy infeliz.

………………………

Al través de los libros amó siempre
mi amigo Juan de Dios,
y tengo presunciones de que nunca
supo lo que es amor.

Pero su historia más lírica es aquella del lago de asfalto. Él, con un in­geniero norteamericano, se internó en los bosques vírgenes para levantar el plano de un importante lago de asfalto. «Vimos de pronto un gran lago negro, de un negro espeso> del negro más negro que puede soñarse, y en esas negruras unas formas blancas retorcidas y macabras… Eran esqueletos de tigres que engañados por las hojas de árbol posadas sobre el espeso lí­quido del asfalto, habían caído en la trampa negra y no habían podido sa­lir y soltarse y habían muerto como pájaros cazados con liga, revolviéndo­se, mordiendo el asfalto con contorsiones terribles… Por cierto que el ingeniero norteamericano se alejó un momento y se escuchó un tiro y el in­geniero vino gritando: ««Viva España! ¡Viva España!», grito que me sor­prendió y que se lo había arrancado el que al apuntar con su rifle a un in­dio que se le apareció de repente en la espesura, éste le dijo en español: «No me mate, señor», y eso le había llenado de asombro, pues el sacar un pla­no de un lago de asfalto es cosa insignificante al lado de haber hecho aprender y conservar el castellano hasta el punto de que en una selva vir­gen, su único morador perdido, se defendiese con el idioma heroico, de­sarmando al que le apuntaba.

Don Pedro Luis Coll es un espíritu interesante que aclara mucho el al­ma enteriza y crudiza de su raza. Oírle decir «melancolía» es algo elocuen­tísimo.

El ha vivido no solamente América, sino Europa. (Fue amigo del mag­nífico Remy de Gourmont «con una especie de cicatriz en la cara, muy metido como en un hábito con capucha, y amigo vicioso de las niñitas que disponían de él de un modo vergonzoso»). Ha leído mucho> conoce la his­toria de su patria y recusa a ciertos historiadores españoles como a aquel que decía «que los conquistadores habían encontrado una tribu de muje­res bellísimas que no tenían agujero en el ano y se alimentaban sólo con el perfiarne de las flores». Ama el arte hasta los delirios y su único temor es el de Norteamérica, que tiene -preparados catorce millones de negros para lanzarlos sobre la América española -¡Terrible sarracina! iSi les cae encima, les devora! ¡Como dice Coll, «nos devora»!

(Ramón Gómez de la Serna. Pombo)

• PEDRO EMILIO COLL.-Pasan los días, los meses, los años, y este hombre justo, bueno, generoso, ve cómo la Prensa se ocupa de otras nulidades americanas, que citan en el Ritz todas las noches a gentes socaliñeras, pre­suntuosas, tontas; pero capaces de encajar una gacetilla en los periódicos, diciendo: «Se encuentra entre nosotros», en vez de decir: «Anoche cené opíparamente en compañía del opulento americano»…, etc.
Coll sonríe, no se queja, no pide y va dejando en todos una huella pro­funda y la verdadera idea de que América es un país racional. Se da cuen­ta de toda idea, oye como no sabe oír casi nadie, es independiente en sus opiniones y tiene una ecuanimidad ultravertebrada.

Sus ojos intensos van magnetizando las ideas y las dominan. La página del libro malo se amedrenta cuando Coll la mira y tiene el libro unos mo­vimientos premiosos, lentos, pero resueltos, como si quisiera cerrarse.

Pedro Emilio Coll desmiente el gris blanquinoso de su pelo con la fuer­za de sus ojos prismáticos, aristados, de punta agua. Él se ha enterado de España como si fuese el buen historiador del presente, y la define como ella se define a sí misma. Si escribiese su opinión haría un libro perfecto, pues la perspectiva del americano singular es la perspectiva de nuestros an­tepasados viendo la España presente y pudiéndola comparar con la Espa­ña originaria. Él sabe la libertad que hay aquí, y cómo no es reconocida por nadie y cómo nadie la degusta en los buenos días. Él no comprende cómo no hay una placidez delirante en el fondo de todos los corazones. Él ha sido como el español de los tiempos de la Inquisición, y por eso en­cuentra toda la nitidez de esta vida madrileña, tan equilibrada, tan bien­quista, tan sensata.

Pedro Emilio Coll escribió sus bellos libros, los lanzó al mundo, y des­pués, como el que ha hecho algo trascendental y serio, que le valió las in­signias, viaja de incógnito por el mundo, no lo dice a nadie y no se pone siquiera las rosetas que le perte­necen, esos botones de blusa de señora -que usan los hombres colocándoselos incongruentemente en las solapas.

Se sabe que Pedro Emilio Coll ama el arte cuando conver­sa, cuando esparce poesía de sus contemporáneos, sembrando así de verdadero afecto por América a los que no podemos creer en toda su parte oficial y en los hombres que la prodigan nues­tros más desvergonzados vivido­res, vestidos de frac y pantalón corto, con hebilla, frac de los Pedro Emilio Coll, criados.

Él ha hecho que nos apren­damos de memoria versos de sus poetas. Los últimos han sido éstos de Herrera y Reissig, el joven pobre poe­ta que murió tan joven víctima de la morfina:

Al despertar

Alicia y Cloris abren de par en par la puerta,
y, torpes, con el dorso de la mano haragana
restréganse los ojos de húmeda luz incierta,
por donde huyen los últimos sueños de la mañana…

La inocencia del día se lava en la fontana,
el arado en el surco soñoliento despierta,
y en torno de la casa rectoral, la sotana
del cura se pasea gravemente en la huerta.

Todo suspira y ríe… La inmensa paz devota
de la montaña, sueña celestiales rutinas;
el esquilón repite siempre su misma nota

de grillo de las cándidas églogas matutinas
y hacia la aurora cruzan algunas golondrinas
como flechas perdidas de la noche en derrota.

Cuando mayor dignidad y mayor responsabilidad ha tenido Venezuela, ha sido gracias a esta revelación de un verdadero patricio como Pedro Emi­lio Coll. Hoy figura Venezuela en los mapas espirituales y afectivos de to­dos, gracias a este hombre, que no figura en los agasajos y en esas tientas que se verifican en los grandes hoteles, y en las que figuran la gran ganadería de los escritorzuelos. El gran poeta Blanco Fombona ha elevado también en la plaza de España el monumento de Andrés Bello y otro a Bolívar.

A1 cabo de unos años de presenciar este espectáculo de silencio, y aun­que yo no acostumbro a estas cosas, he querido ensalzar a un hombre pro­bo y sensato, que se puede comparar con lo más florido de nuestra inte­lectualidad, que puede estar con nosotros y en el lugar más próximo de todos en el cónclave de Pombo.

(Ramón Gómez de la Serna. La sagrada cripta de Pombo)

El café Pombo, de José Gutiérrez Solana. De izda. a dcha.:
Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, Cabrero,
Gómez de la Serna, Mauricio Bacarisse, S. Bartolozzi,
Pedro Emilio Coll y José Gutiérrez Solana.

  1. el rufián melancólico

    Magnifica, y que buen titulo … El paso errante. Dan ganas de pintarlo. A veces las pinturas nacen de las palabras.Que afortunado Coll. La tertulia de Pombo es uno de los mejores cuadros de la pintura Española, la que va de Velazquez a Goya y de Goya a… Solana.

  2. Bremaneur

    Rufián, que estos ojos que le leen y que un día se tragará la tierra para gozo de los gelatinosos gusanos sean benditos para siempre por tener la suerte de leerle de nuevo.Indago en internet, tratando de establecer la nómina de los retratados por Solana. Aparecen algunos nombres, pero a alguno de ellos no le ubico el rostro. “Manuel Abril, Tomás Borrás, José Bergamín, José Cabrero, Mauricio Bacarisse, Pedro Emilio Coll, Salvador Bartolozzi y el propio pintor, Gutiérrez Solana, con un excelente autorretrato en el extremo derecho de la obra.”Me entero, en este bucear, de que Tomás Borrás fue actor y productor.¿Alguien puede dar nombre a esas caras tertulianas?

  3. Bremaneur

    Y es cierto, ¿quién no escribiera una novela, o mejor una autobiografía; quién no pintara un cuadro titulado El paso errante? Sombras y descalabros, pero siempre un camino.

  4. Reinhard

    ¿ Y dónde quedaron las promesas del Marqués, aquellas que llenarían esta BF de libros prohibidos?

  5. tal como éramos

    Brema, como los “Talco” ya peinamos canas, tiramos de libros de literatura del cole. Sacado de un libro de Martín Riquer, de Planeta.De izquierda a derecha:-MANUEL ABRIL-TOMÁS BORRÁS-JOSÉ BERGAMÍN -CABRERO-GÓMEZ DE LA SERNA-MAURICIO VACARISSE-S.BARTOLOZZI-PEDRO LUIS COLL-y el pintor, JOSÉ GUTIERREZ SOLANA ¿Y la pareja que aparece reflejada en el espejo? me comenta otro “Talco” que le suena que son los dueños del café.

  6. Bremaneur

    Tal como quisiéramos ser, muchísimas gracias por su información. La transcribo inmediatamente y la pongo debajo de la reproducción del cuadro. Debe de ser usted muy joven. Yo, que también lo soy, perdí mis libros del cole hace unos cuantos años.***Reinhard, tenga paciencia, que todo se andará. Por cierto, a ver si encuentro -y le transcribo- una repugnante carta de Cèline al director de no sé qué periódico y que encontré en un libro sobre las deportaciones de judíos residentes en Francia.

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