La biblioteca fantasma

La rabia del traicionado (II)

Una de las escenas más desagradables que narra Castro es la del asalto a los edificios que conformaban el llamado Cuartel de la Montaña. Sobre ese asalto hemos encontrado numerosas referencias, ofrecidas tanto por integrantes del bando republicano como del bando nacional (e incluso un relato novelado de Cela). Una de las más extensas y completas es la de Pío Baroja (Miserias de la guerra. Las saturnales. Madrid: Caro Raggio, 2006. p. 126-132), donde se repite la idea del parecido del asalto a la toma de la Bastilla. Las crónicas más inexactas son, evidentemente, las de aquéllos que no estuvieron allí, como Camba o Fernández Flórez, más preocupados por describir de forma hiperbólica la catadura de la muchedumbre que acudió al festín de las moscas que por ofrecer detalles verídicos, más acordes a su condición de periodistas. No es mal ejercicio constatar las semejanzas y las divergencias de los diferentes relatos.Castro se presenta a sí mismo como un asesino. Dirige un fusilamiento de soldados del Cuartel. Muere un primo suyo (posiblemente Agustín Delgado Aranda; quizás su hermano fuera Víctor Delgado Aranda, también asesinado tras el asalto). Ese acto será determinante en su carrera. Recibe la felicitación de los dirigentes del Partido Comunista. Castro se ha convertido en alguien relevante. Quizás eso explique su papel principal en algunos hechos posteriores, como la creación y desarrollo del Quinto Regimiento.Demos paso a Enrique Castro, que abrirá esta pequeña polifonía del horror.

Enrique Castro DelgadoA las seis de la mañana llegó un aviso, sin disimulo de angustia.

-A los camiones.

Castro miraba disimuladamente aquella operación precipitada y todavía un poco torpe. De vez en cuando sus ojos se clavaban en el comandante Fernández Navarro y hacía un gesto de desagrado. A su lado Villasante, González, Macías y Carnero esperaban…

Los camiones se pusieron en marcha. Hundidos en el interior de un taxi, Castro y Carnero seguían a la caravana. De la iglesia de San Bernardo salieron unos disparos. La columna se detuvo en seco. Gritos y voces que quieren ser órdenes… Castro se acerca al comandante Fernández Navarro…

– El Cuartel de la Montaña es más importante…

Después habló con Carnero:

– Que unos cuantos camaradas se queden atrás y acaben con eso… Sin misericordia.

Y siguen hasta oír el ruido de nuevos disparos… Hasta que llegan a la Plaza de España. Se acercan unos guardias de asalto para advertirles que estaban disparando desde el cuartel. La gente desciende de los camiones y avanza hasta casi llegar a la esquina de la calle de Feraz. Al amparo de unas casas, unos cuantos militares viejos y nerviosos discuten. En el cuartel, silencio. Al poco tiempo aquellos hombres escasos de vida sacan una bandera blanca. Cuando la gente avanza confiada, los morteros disparados desde dentro rompen el silencio y manchan la calle de metralla y sangre. Los militares siguen discutiendo. Castro contempla aquello con más curiosidad que rabia. No tiene prisa. Él sabe que lo que tiene que llegar, llegará. Se da cuenta que los sublevados, al permanecer en el interior del cuartel, sin aprovechar en una salida por sorpresa las vacilaciones de los republicanos, han firmado su derrota y su muerte. Ahora sonríe. “Los generales son torpes. Todo lo hacen igual que ayer, sin darse cuenta de que el hoy es distinto”. Mira al cuartel que parece un gigante dormido o muerto.

Los suyos miran a Castro.

“Esperar”.

Y después se dice a sí mismo: “Ellos solos se están muriendo”.

Los militares siguen discutiendo. Ser viejo y ser coronel es terrible. Y los que discuten son viejos y son coroneles. Ahora Castro deja de mirar a los coroneles, al cuartel silencioso, como encogido de miedo. De lejos o de cerca, no lo sabe bien, llega un ruido como de multitudes que intentaran, sin lograrlo, ahogar sus rugidos y sus pisadas. Alguien se acerca y le dice que los comunistas del “radio” Oeste, encabezados por Heredia y Bárcenas, avanzan desde los jardines que en un tiempo fueron mercado de carne y sífilis, de prostitutas que se daban por unos centavos o por un cigarro y que después contaban unas cosas muy tristes del amar y del amor. Castro mira y se da cuenta de que la masa se ha puesto en tensión.

...la masa se ha puesto en tensión

…la masa se ha puesto en tensión

Y mueve la cabeza afirmativamente. Una ola humana se levanta y avanza. Castro empuña su pistola y se pasa la lengua por unos labios que abrasan, mientras siente la respiración de cientos de hombres que corren a su lado entre maldiciones y apretar de culatas.
La ola avanza.

Es una ola que grita, que maldice, que muerde sin tener todavía nada que morder. Y la puerta se abre sin que nadie sepa cómo. Desde uno de los balcones alguien grita y después lanza al espacio a un hombre de uniforme que desciende sin un grito, para estrellarse contra las losas que desde este momento se han hecho beligerantes.

Y ya dentro.

Sol y silencio.

Alguien se acerca y le dice al oído: “Allí”. Y “allí” se dirige sin prisa. Allí están los que no han escapado, serios, lívidos, rígidos. Al parecer la Plana Mayor del general Fanjul. Castro les mira mientras recuerda su conversación con Sendín, mientras recuerda los largos años de preparación. Luego un vacío en su pensamiento, después un esfuerzo y sonríe al recordar la fórmula: “Matar… matar… seguir matando hasta que el cansancio impida matar más… Después… Después construir el socialismo”. Hace una seña a unos y sale al patio al que el sol parece mirar fijamente. Otro se acerca y le habla:

“Allí”.

Y hacia “allí” va, mientras ve cómo por los corredores gentes como enloquecidas se gritan unas a otras, mientras muestran como único botín los fusiles tomados nerviosa y precipitadamente. Y deja de mirar. Y entra “allí”. Y una nave grande, de techos altos, encalada, llena de silencio y miedo… Y muchos hombres y muchos en camino de serlo y en la imposibilidad de serlo ya. Castro mira y mira. Mira y mira a los ojos que ya ni miran.

Y se acerca.

Y habla.

– Estírate.

– No puedo.

Castro mira aquella cabeza hundida entre dos hombros; y aquellos ojos tristes; y aquella cara alargada; y aquellos brazos largos…

– Vuélvete.

Castro contempló por unos momentos aquella joroba enorme; aquellos brazos interminables; aquella cabeza que parecía no tener cuello.

– Vuélvete.

Y siguió andando.

– Habéis perdido – dice a su primo Agustín.

– Quién sabe…

Se volvió y comenzó a caminar hacia la puerta. Desde allí se volvió a mirar una vez más; y otra vez más; una miró al jorobado que parecía hundirse en sí mismo; otra a su primo Agustín, que parecía un muerto de una muerte extraña. Y habló a los que le rodeaban:

– Que salgan en filas y se vayan colocando junto a aquella pared de enfrente; y que se queden allí de cara a la pared… ¡Daros prisa!

La fórmula se convirtió en la síntesis de aquella hora; en la síntesis de Castro mismo.
Comenzaron a salir.

El jorobado-soldado se salió de la fila y se acercó a él. Se miraron fijamente.

– ¿Quiere darle esto a mi madre?

– Sigue.

– ¡Déselo!… ¡Por favor!

– Sigue.

Alguien puso una mano en la joroba y empujó violentamente. Y comenzó a andar con un andar de borracho. Y mientras el jorobado andaba con su caminar torcido alguien comenzó a cantar el “Cara al Sol”. Luego todos. Luego un disparo. Y el jorobado que se irguió como si quisiera convertirse en un gigante antes de caerse para siempre. Luego muchos disparos mezclados con voces de valor y orgullo, de mística y miedo.

Y más disparos.

Luego silencio.

Y el sol.

Y la soledad.

* * *

“Iros y esperarme”.

Y se quedó solo. Casi solo, porque allí estaban los muertos cara al sol y clavadas las caras contra el suelo; casi solo porque allí estaban los muros como gigantes mudos y heridos de silencio y metralla. Casi solo, porque allí estaba el sol, soberbio e impasible en un mirar que quemaba.

La fórmula.

La fórmula se había aplicado con una exactitud casi maravillosa.

...los muertos cara al sol y clavadas las caras contra el suelo

…los muertos cara al sol y clavadas las caras contra el suelo

Luego se pasó violentamente la mano por el rostro. Y repitió el ademán una, muchas, muchísimas veces. Hasta que se cansó; o hasta que se cansaron las moscas que parecían haberse dado cita en aquel patio de sol y sangre, de silencio y muerte. Lentamente, con un mirar curioso y profesional comenzó a pasear entre los cadáveres, a mirar los gestos, a medir el miedo o la rabia en los ojos que no se habían cerrado y en ver las moscas que parecían volar o posarse nerviosas y como sorprendidas de aquel gigantesco festín que no se habían figurado nunca.

Moscas.

Moscas.

Cientos.

Miles.

Pero había sangre para millones de moscas.

[…]

– Castro, te esperan en el Comité Central.

[…] Y la entrada de José Díaz, de la “Pasionaria”, de Pedro Checa, de Diéguez y de otros más. Y el mirar y la voz de la “Pasionaria”…

– Camarada Castro… El Partido se siente orgulloso de ti… Tú y los camaradas Heredia y Bárcenas constituís un ejemplo para todo el Partido… El Partido espera que seguiréis siéndolo… Y ahora, Castro, toma esta pistola que te regala el Partido, con la seguridad de que la pone en buenas manos.

Castro tomó la pistola.

Luego se dejó estrechar sus manos por manos que no sabía quiénes eran. Y luego sintió la voz de la “Pasionaria” que le preguntaba con ciertas ansias de saber…

– ¿Qué sentiste en los primeros momentos?

– Nada.

– ¿No dudaste?

– No había razón para ello, Dolores… Teóricamente era un problema resuelto…

Se rió ella.

Y él.

(p. 237-241)

enr12
Cuatro voces nos dan más luz: Hans Heusser, en Der Kampf um Madrid; Barea, en La llama; Eduardo de Guzmán, en Madrid rojo y negro y Jesús Izcaray en La guerra que yo viví.

0heusserCinco minutos después me lanzo a la calle. Pasan aprisa coches y más coches. Las milicias controlan a la gente, y enfermeros y asistentes corren en dirección a la Plaza de España. Sólo falta el populacho, siempre tan curioso.

De repente estalla un cañonazo, fuertemente y sin aviso previo. Viene del Cuartel de la Montaña. Siento de forma instantánea que la guerra entre hermanos comienza definitiva e irremediablemente con este disparo. El horror y la compasión me atenazan la garganta. Con varios carnés que cogí ayer por la tarde de mi cajón logro acercarme a las milicias que acuden, nerviosas, a la Plaza. Ésta huele ya a pólvora. El blindado de ayer avanza bajo los árboles, con la tapa cerrada, y al abrigo de la máquina renqueante se mueve un grupo de tipos salvajes con pañuelos rojos anudados al cuello y con los fusiles alzados. Al otro lado de la calle, y al socaire de las tapias, corren pequeños grupos que se gritan mutuamente y terminan por dirigirse por el parque en dirección al Cuartel.

Hay verduleras y jóvenes arrabaleras, y quizás por eso me recuerde a una escena de la revolución francesa, aunque también tenga esto algo de película.

Más arriba, bajo los árboles y frente al edificio rojo la cosa toma un cariz más militar. Al menos a simple vista. Se han apostado algunos cañones y la tropa carga los proyectiles con profesionalidad. La distancia entre las piezas de artillería y el muro es tan pequeña que no se puede apuntar con precisión. Las balas impactan con un estallido ensordecedor en alguna parte del muro rojo, se elevan nubes de humo, las piedras caen y se abre un agujero junto a una de las ventanas.

...y terminan por dirigirse por el parque en dirección al Cuartel.

…y terminan por dirigirse por el parque en dirección al Cuartel.

Ahora estoy más constreñido aquí. Los otros disparan atrás. Tienen ametralladoras y pequeños cañones con los que nos cubren. Algunos atacantes tocados con gorros rojos caen cerca de mí, heridos o muertos; otros les suplen. Veo caras sudadas y deformadas que el calor y la lucha sangrienta han dejado irreconocibles. Estoy agachado en alguna parte del ángulo muerto y todavía tengo la sensación de que todo esto, gracias a Dios, no es más que una comedia de lo más evidente. El cielo es de un azul oscuro y seguramente ahora las niñeras estarán paseando sus carritos allá abajo, en la fragante Casa de Campo, esperando a sus novios. Ha ocurrido todo tan rápido, tan incomprensiblemente rápido…

A las once ha capitulado el Cuartel. La guardia civil interviene y aparentemente todo está en orden. Se abre la enorme puerta, prácticamente destruida a cañonazos, y un equipo de oficiales se precipita afuera, cierran los ojos deslumbrados por el sol y tiran las armas. Miranda, un periodista español que cojea de una pierna, corre hacia ellos para conseguir la primera entrevista.

Pero se equivoca. Los intereses periodísticos de la Revolución quedaron postergados hace ya tiempo.

Alguien le aparta en el último momento. Las balas de la milicia golpean con un estallido ronco en los cuerpos de los siete oficiales, repentinamente volcados hacia delante. No hay perdón para ninguno, a pesar de la intervención de la Guardia y de algunos oficiales de artillería que creen que una guerra civil es algo parecido a un decente combate de esgrima. Sale un hombre tras otro del arco negro de la puerta y se les dispara como perros sobre los montones. Sólo después de sesenta o setenta muertos se considera que la intervención se ha completado. Ahora los últimos del Cuartel se muestran vacilantes y sostienen los puños alzados para probar su pertenencia el Frente Popular. Cerca de ellos los hombres y mujeres del populacho se arremolinan en la entrada y por las habitaciones cercanas, se desparraman por los pasillos y suben aprisa por las escaleras. Cinco minutos después ondea la bandera roja y negra de los sindicalistas sobre la cumbre del tejado.

Me despierto ensangrentado. Los cadáveres bajo el sol, que cargan ahora en camiones, hablan un idioma muy nítido. Los últimos y hermosos años de esta ciudad se han terminado, de la misma manera que alguien cierra para siempre una puerta detrás de si. Se acabó. Es cierto que brilla el sol, como siempre, pero el paisaje se ha vuelto súbitamente gris y opaco. Las calles tienen manchas de sangre y los frontales de las casas se transforman en barricadas…

Hans Heusser. Der Kampf um Madrid. Bern: Francke, [193?]. p. 11-14

* * *

barea_llamaRafael me llevó al puesto de Antonio en la verbena. Aún seguía viniendo gente y muchos de los recreos funcionaban. Antonio estaba excitadísimo y a punto de retirar el tenderete. La guarnición del Cuartel de la Montaña había hecho fuego de ametralladora sobre un camión cargado de muchachos de la juventud socialista que volvían de Puerta de Hierro cantando. La policía había tendido un cordón alrededor del cuartel que, al parecer, era el cuartel general de la insurrección en Madrid.

—Tenemos que ir allí —dijo Antonio.

Me negué. Allí no había nada que yo pudiera hacer. Había visto bastante y estaba muerto de cansancio. Rafael se marchó con Antonio y yo me volví a casa. Dormí cuatro horas y me desperté exactamente a las cuatro de la mañana, cuando ya era completamente de día. En la calle las gentes hablaban y disputaban. Me vestí y bajé a la calle. En la plaza de Antón Martín estaba parado un taxi, mientras los hombres bebían leche en la lechería del cuñado de Serafín. Entré y me bebí dos vasos de leche fría, casi helada.

—¿Adonde vais?

—Al Cuartel de la Montaña. La cosa se está poniendo seria allí.

—Me voy con vosotros.

En la plaza de España, los guardias de asalto detuvieron el coche. Me fui andando hacia la calle de Ferraz.

El cuartel, en realidad tres diferentes cuarteles, forma un edificio inmenso en la cima de un cerro bajo. En su frente hay un ancho glacis en el cual tiene cabida para ejercicios conjuntos un regimiento. Esta terraza se une a la calle de Ferraz por una pendiente rápida en uno de sus extremos, y en el opuesto se corta bruscamente sobre la estación del ferrocarril del Norte. Un grueso parapeto de piedra corre a todo lo largo de una pared vertical de cinco o seis metros, sobre una explanada inferior que separa el cuartel de los jardines de la calle de Ferraz. Por la parte posterior, el edificio domina la ancha avenida del Paseo de Rosales y los campos que rodean la ciudad al suroeste y al norte. El Cuartel de la Montaña es una fortaleza.

De la dirección del cuartel llegaba un crepitar de disparos de fusil. En la esquina de la plaza de España y la calle de Ferraz un grupo de guardias de asalto estaba cargando sus carabinas al abrigo de una pared. Entre los árboles y los bancos del jardín había una multitud de gente tumbada o en cuclillas. Surgía de ellos una oleada furiosa de tiros y gritos que se extendían a lo lejos, hacia el cuartel, por otros a quienes yo no podía ver. Debía haber un círculo de millares alrededor del edificio. La acera opuesta a los jardines, batida por las ventanas del cuartel, estaba desierta.

Un aeroplano, volando a gran altura, venía hacia el cuartel. La gente gritaba:

—¡Es uno de los nuestros!

El día antes, el domingo —aquel domingo en que muchos nos hemos ido al campo, pensando disipada la tormenta—, grupos de oficiales en los dos aeródromos cercanos a Madrid habían intentado sublevarse, pero habían sido sometidos por fuerzas leales.

La máquina voló en una curva amplia y comenzó a descender, hasta que me fue imposible verla más. Unos momentos después temblaba la tierra y el aire. Después de dejar caer sus bombas, el avión se alejó. La multitud se volvió loca de júbilo, muchos de los que estaban en los jardines se enderezaron manoteando y tirando al aire las gorras. Un hombre estaba haciendo una pirueta cuando se desplomó. El cuartel disparaba, y el tableteo de las ametralladoras se impuso sobre todos los ruidos.

Un grupo compacto, chillando y gritando, apareció en el otro extremo de la plaza de España. Cuando el grupo llegó a nuestra es—quina, vi que en medio de él llegaba un camión con un cañón de se—tenta y cinco milímetros. Un oficial de asalto comenzó a dar órdenes para descargar el cañón. La gente no escuchó. Cientos de personas se lanzaron sobre el camión como si fueran a devorarlo y lo hicieron desaparecer bajo su masa, como desaparece un trozo de carne podrida bajo un enjambre de moscas. Y en un momento el cañón estaba en tierra, sostenido a pulso, por brazos y hombros.

Se enderezó el oficial en lo alto y gritó pidiendo silencio:

—Ahora, tan pronto como yo haya disparado, tenéis que arrastrar el cañón tan de prisa como podáis, y ponerle allí. —Señalaba el otro extremo de los jardines—. Pero no os vayáis a matar vosotros mismos… Tenemos que hacerles creer que tenemos muchos cañones. Y los que no vayan a ayudar que se quiten de en medio.

Disparó el cañón, y antes de que hubiera terminado su retroceso la masa de gente lo hacía rodar con estrépito doscientos metros más allá. Volvió a estallar el cañón y a recomenzar su rodar loco sobre el empedrado, dejando tras él un reguero de hombres brincando sobre un pie y gritando de doior; las ruedas pasaban sobre los pies de los hombres. Una rociada de ametralladora se estrelló inmediata a nosotros. Me refugié en los jardines y me dejé caer dentro de un grueso tronco de árbol, justamente al iado de dos obreros tumbados en el césped.

¿Por qué diablos estaba yo allí y qué pintaba sin una mala arma en mis manos?

Uno de los dos hombres delante de mí se enderezó sobre sus hombros. Tenía empuñado con ambas manos un revólver y apoyaba el cañón contra el tronco del árbol. Era un revólver antiguo y enorme, con cañón niquelado y un punto de mira como una espuela. El tambor con los cartuchos era un bulto deforme sobre las dos manos agarrotadas en la culata. El hombre arrimó peligrosamente la cara al arma y tiró trabajosamente del gatillo. Le sacudió una explosión violenta y una oleada de humo espeso y agrio hizo un halo sobre su cabeza. Su compañero le sacudió un hombro:

—Ahora déjame tirar un tiro.

La explosión casi me hizo saltar sobre mis pies. Estábamos a doscientos metros del cuartel y el frente del edificio estaba oculto por la masa de árboles del jardín. ¿A quién creían estar tirando aquellos dos locos?

El que había disparado se volvió:

—No me da la gana. El revólver es mío.

El otro blasfemó:

—¡Déjame tirar un tiro, por tu madre!

—No me da la gana. Ya te lo he dicho. Si me matan, el revólver es tuyo. Si no, te conformas con mirar.

Se volvió el otro.

—¡Déjame el revólver o te pincho! —Y comenzó a clavar la punta del arma en las carnes del otro. El hombre saltó y chilló:

—¡Tú, que me has pinchado de verdad!

—¡Para que veas! O me dejas el revólver o te hago un agujero.

—Toma, aquí lo tienes. Pero sujétalo bien, porque da coces.

—¿Te crees que soy un idiota?

Como si estuviera siguiendo un rito, el hombre se levantó sobre sus codos y engarfió la culata con ambas manos, tan ceremoniosa y deliberadamente que casi parecía una plegaria. El cañón niquelado se elevaba lentamente.

—Bueno, ¡acaba ya! —gritó el propietario del revólver.

El otro volvió la cabeza:

—Ahora te esperas, es mi turno. Les tengo que enseñar yo a es—tos hijos de mala madre.

Otra vez nos sacudió la explosión y otra vez nos hizo carraspear el humo acre que se pegaba a la tierra a nuestro alrededor.

Las explosiones de los morteros y el tableteo de las ametralladoras seguían en el cuartel. De cuando en cuando, el cañón rugía a espaldas nuestras, una bala hacía zumbar el aire y la explosión resonaba en la distancia. Miré al reloj: las diez. ¡Era imposible!

Se hizo un silencio seguido por una explosión de alaridos. A través de la confusa batahola se iban formando las palabras:

—¡Se rinden! ¡Bandera blanca!

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Guardias de Asalto que participaron en la toma del Cuartel de la Montaña

Los hombres se iban incorporando. Por vez primera me fijé que había muchas mujeres también. Todos echaron a correr en dirección al cuartel. Me arrastraban y corrí con ellos.
Podía ver ahora la doble escalera de piedras en el centro del parapeto. Era una doble masa negra de gentes vociferando que se empujaban unos a otros hacia lo alto. En la explanada superior, otra masa densa de seres humanos bloqueaba la escalera.

Un furioso tableteo de ametralladora cortó el aire. Con un grito sobrehumano, la multitud trató de dispersarse. El cuartel vomitaba metralla por todas sus ventanas. Volvieron a sonar los morteros, ahora más cercanos, con trallazos secos. Duró unos breves minutos, entre la ola de gritos más horrible que nunca.

¿Quién dio la orden de ataque?

Una masa sólida y viva de cuerpos se movió hacia adelante como una catapulta, hacia el cuartel, hacia la cuesta de entrada de la calle Ferraz, hacia la escalera de piedra en la pared, hacia la pared misma. La multitud era ahora un solo grito. Las ametralladoras funcionaban sin cesar.

Y así, en un instante, todos supimos, sin verlo, sin que nadie nos lo dijera, que el cuartel había sido asaltado. La ola de gritos y de disparos sonaba ahora dentro del edificio. Las figuras de las ventanas desaparecían en un instante y otras se veían repasar como relámpagos. En una de las ventanas apareció un miliciano, que levantó un fusil en alto y lo lanzó sobre la multitud que respondió con un rugido de alegría salvaje.

En una de las ventanas apareció un miliciano

En una de las ventanas apareció un miliciano

Me encontraba sumergido en una parte de la masa que me llevaba hacia el cuartel. La explanada estaba sembrada de cuerpos, muchos de ellos retorciéndose y arrastrándose en su propia sangre. Me encontré de pronto en el patio del cuartel.

Las tres hileras de galerías que se abren sobre el patio cuadrado estaban llenas de figuras que corrían, gritaban y gesticulaban, agitando fusiles en lo alto y llamando con voces inaudibles a sus amigos abajo. Un grupo perseguía a un soldado que corría alocado de terror, pero sacudiendo de su lado a todo el que se cruzaba en su camino. Tropezó y cayó. El grupo se cerró sobre él. Cuando se disolvió, no se veía nada desde donde yo estaba.

En la galería más alta apareció un hombre gigantesco, llevando en las manos, sostenido en alto, un soldado que agitaba el aire con las piernas. El gigante gritó:

—¡Allá va eso!

Y lanzó el soldado al espacio. Cayó dando vueltas en el aire como una muñeca de trapo y se estrelló en las piedras con un golpe sordo. El gigante levantó los brazos:

—¡Voy por otro! —aulló.

A la puerta del almacén se había formado el grupo mayor. Los fusiles estaban allí. Uno tras otro surgían milicianos, con su fusil en alto, casi danzando de entusiasmo. De pronto hubo un nuevo empujón hacia la puerta del almacén:

—¡Pistolas! ¡Pistolas!

El almacén comenzó a vomitar cajas negras que pasaban de mano en mano por encima de las cabezas. Cada caja contenía una pistola Máuser reglamentaria —Astra calibre 9—, un cargador de repuesto, una baqueta y un destornillador. En unos momentos las piedras del patio estaban salpicadas de manchones blanco y negro —porque el interior de las cajas era blanco— y de papeles pringosos de grasa. La puerta del almacén seguía escupiendo pistolas.

Se dijo que en el Cuartel de la Montaña había cinco mil pistolas Astra. No lo sé. Lo que sí sé es que aquel día las cajas vacías, blanco y negro, salpicaban todas las calles de Madrid. Lo que no se encontró, sin embargo, fueron municiones para las pistolas. Los guardias de asalto habían logrado apoderarse de ellas.

Salí del cuartel. Cuando había sido soldado —un recluta destinado a Marruecos— había estado algunas semanas en aquel mismo cuartel. Hacía dieciséis años.

Eché una ojeada al salir al cuarto de banderas, abierto de par en par. Estaba lleno de oficiales, todos muertos, yaciendo en una confusión bárbara, unos con los brazos caídos sobre la mesa, otros sobre el suelo, algunos sobre el cerco de las ventanas. Algunos de ellos eran muchachos, casi niños.
Fuera, en la explanada, bajo un sol deslumbrante, yacían cientos de cadáveres. En los jardines todo estaba quieto.

Arturo Barea. La forja de un rebelde, III. La llama. 3ª ed. Buenos Aires: Losada, 1958. p. 108-112.

* * *

eduardodeguzmanPronto se establece diáfanamente la realidad. En Madrid, abiertamente, sólo se ha sublevado hasta ahora el cuartel de la Montaña. Los demás, siguen cerrados a piedra y lodo. Pero, desde ellos, todavía no se tirotea a los trabajadores. En el cuartel de la Montaña, sí. Un grupo de obreros, que ocupaba un automóvil, ha sido acribillado a balazos. Una camioneta que volvía de La Playa ha sido agujereada por más de cien disparos. Entre los ocupantes del cuartel y los trabajadores que lo sitian, empieza duramente el combate.

[…]

En torno al cuartel de la Montaña está lo mejor del anarquismo madrileño. Más de mil hombres -pañuelos rojinegros, las tres letras, CNT, clavadas en el corazón- se baten en primera línea. Unos tienen armas; otros, no. Los que carecen de armamento, esperan anhelantes la caída del compañero para recoger su pistola o su fusil y seguir disparando. Es un caso único en la historia del mundo. Es un valor sin tasa ni medida. Los hombres avanzan, a pecho descubierto, bajo el fuego graneado de las ametralladoras, hasta las puertas mismas del cuartel, para disparar sobre seguro. Cuando uno cae, no importa. Cuatro se disputan su pistola. Veinte, el puesto que dejó abandonado.

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Dentro del cuartel está la flor y nata del ejército español. Dentro hay dos regimientos de Infantería, uno de zapadores y otro de alumbrado, y más de mil señoritos fascistas. Dentro está un general, siete coroneles, cuarenta comandantes y varios centenares de capitanes, tenientes y alféreces. Dentro hay, en total, unos cuatro mil hombres armados con todas las armas, fortificados en un edificio fuerte, dominando todos los alrededores. Muera está el pueblo. Podrán ser tres o cuatro mil los hombres que cercan el cuartel. Hay, entre ellos, guardias de asalto, que pelean con bravura. Hay obreros socialistas, republicanos, comunistas y anarquistas. Hay, también, algunas ametralladoras y coches blindados. Hay, además, un cañón del 10, que los obreros han traído a rastras, no se sabe de dónde, y que dispara a cero sobre el cuartel. Pero la mayoría de los que cercan el cuartel no tienen armas. La lucha es desigual. Pero mientras los traidores no tienen moral, los trabajadores luchan con entusiasmo sin límites y una fe absoluta en la propia victoria…

Los que combaten rodeando el cuartel tienen prisa en tomarlo. No saben lo que pasará en otros sitios. Se oyen tiros en muchas direcciones. En Campamento y en Getafe se esta peleando también. ¿ y en el interior de Madrid? En el interior dialogan ininterrumpidamente las pistolas entre los autos cargados de obreros y los fascistas fortificados en determinados edificios. Pero la conquista no es fácil. Hay un momento en que se cree alcanzada ya la victoria. En una ventana del cuartel aparece, como bandera de paz, una sábana blanca. El júbilo estremece a las masas: «¡Ya son nuestros!». Como una avalancha avanzan los obreros sobre el cuartel. Pero, cuando están cerca, cuando lo tocan casi con las manos, una ráfaga de ametralladora barre las primeras filas. Hay que retroceder. Es preciso continuar el cerco, apuntando bien, procurando aprovechar las balas. Se lucha con rabia, con odio, con desesperación. Poco a poco, van apagándose los fuegos del cuartel. Se ve que la resistencia decae, que la moral facciosa flaquea, que no podrán resistir mucho tiempo. Un compañero, herido de un balazo, alegre en medio de sus dolores, ebrio de triunfo, dice en el Comité de Defensa: «Antes de media hora estaremos dentro…».

(Val sonríe. Hace dos horas que no le preocupa ya el cuartel de la Montaña. Ahora le inquietan otros cuarteles, y las columnas fascistas que, por Guadalajara y la sierra, avanzan sobre Madrid.)

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Son las doce de la mañana del día 20 de julio cuando se inicia el asalto. Los hombres -monos desgarrados, barbas crecidas, ojos de no dormir en cuatro noches- se lanzan a pecho descubierto. Caen algunos en el ataque. Los demás, saltan sobre ellos y empuñan nerviosos las armas con que han de vengarlos. Toda la resistencia es inútil. Los soldados -que dispararon mientras los jefes fascistas les tuvieron con la pistola amenazándoles la nuca- levantan los brazos y dan vivas a la revolución. Los oficiales y los fascistas huyen a refugiarse en el interior del cuartel, sin dejar de disparar sus pistolas. Pero nada puede contener a los obreros, a los revolucionarios. Entran por todas partes: por las puertas, que saltaron hechas añicos, por las ventanas, por el hueco que los cañonazos abrieron en las paredes. Y a su frente, peleando como leones, marcando el camino de la victoria, los militantes más destacados de Madrid, todos los comités de la organización en pleno, hombres como Mera, como Salgado, como Sanz, como Antona, como Mora, como «Nobruzán», como tantos y tantos cientos de compañeros heroicos que desprecian la vida por conquistar la libertad. Un dato, un solo dato concreto y ejemplar: apenas han saltado las puertas, cuando los tiros resuenan por todas partes, un auto penetra a toda marcha en el patio del cuartel y entabla combate con los oficiales. En el coche, va el comité del Ateneo Libertario del sur…

Ahora se combate tan sólo en varios extremos del cuartel. Grupos de oficiales, grupos de señoritos fascistas resisten disparando sus pistolas ametralladoras. Los soldados salen con los brazos en alto, con la alegría de la liberación en la cara, con un viva revolucionario en los labios. La resistencia de los que disparan es corta. Sobre ellos pasa, como un rodillo, la indignación popular. Algunos, en un resto de dignidad, se suicidan. Otros, mueren en la lucha contra el pueblo.

Pero los principales responsables no tienen valor para morir. El general, los coroneles, los comandantes, escapan por una puerta trasera, se entregan aterrados a los guardias de asalto. El general, promotor de la traición, se arranca las insignias, y dice llorando a los guardias: «Me han engañado; me han engañado…».

Y, efectivamente, le han engañado. Le dijeron que el pueblo callaría cobarde ante el resonar de los charrascos militares. Le dijeron que ya tenían todos los resortes del poder. Le dijeron que los obreros huirían al sonar los primeros tiros. Y él, Fanjul, que preparó la traición con Franco cuando Gil Robles era ministro de la Guerra, ha visto que los trabajadores no corren, que el pueblo no se rinde, que el proletariado tiene más valor que los chulos, que hicieron de un valor supuesto chantaje para explotar a España.
(Dentro de un mes, el general comparecerá ante los Tribunales. Le temblará, nerviosamente, la barbita blanca, como a los coroneles y comandantes les tiemblan las piernas al enfrentarse con el pueblo. Buscará una explicación cobarde: «No me sublevé. Pasaba por el cuartel y entré a saludar a unos amigos. En aquel momento, los obreros iniciaron la agresión contra el ejército…»).

La toma del cuartel tiene una doble importancia. La de aplastar un reducto de la traición, clavado en el corazón de Madrid y la de proporcionar al pueblo las armas que necesita para su defensa. Los compañeros han alcanzado un gran botín. Además de armarse todos los que participaron en el asalto, unos mil en total- Ia mayoría de los cuales corren ahora, despreciando las exhibiciones callejeras, al asalto de otros reductos facciosos-, empiezan a llegar coches y camiones atestados de armas a la calle de la Luna. A la calle de la Luna llegan a montones compañeros en espera de armas. Descargan las armas de los camiones y las meten en el local para hacer su recuento y su distribución. Pronto se sabe todas las que se han traído. Son ochocientos fusiles, muchas pistolas, siete ametralladoras y gran cantidad de municiones. No conviene gastarlas. No conviene que las armas vayan a manos que carezcan del coraje preciso para emplearlas. Hay que hacer la distribución bien, a hombres de confianza absoluta. El Comité de Defensa reparte las armas por barriadas, por grupos perfectamente controlados, a cuyo frente figura un buen compañero. Nadie ha pensado todavía en las milicias. Nadie cree aún que la guerra pueda durar más de ocho o diez días. Pero, sin embargo, la distribución de las armas del cuartel de la Montaña se hace con un sentido de responsabilidad estricta y en forma que ya constituye un magnífico precedente para el día muy próximo en que se formen las primeras milicias populares.

Nadie ha preparado nada. Todo hay que improvisarlo al calor de la lucha. Pero el Comité de Defensa empieza a funcionar magníficamente. Las armas son distribuidas de una manera certera, para que puedan ser utiIizadas ahora mismo contra los reductos en que todavia resiste la traición. Al mismo tiempo, empiezan a organizarse los servidos auxiliares. El Sindicato de Sanidad está movilizado por completo. Cuarenta de nuestros heridos del cuartel de la Montaña han sido traídos hasta la calle de la Luna. Allí empiezan a funcionar los servicios sanitarios. Allí se empieza a pensar en los hospitales que nuestros hombres necesitarán. Y allí, cuando todavía dialogan los fusiles en el centro de Madrid, se echan los primeros jalones de la Sanidad confederal, que ha de ser ejemplo, admiración y asombro del mundo entero…

No ha terminado la lucha en Madrid con la toma del cuartel de la Montaña. Al mismo tiempo que en la calle de Ferraz, se combate en otros muchos puntos de Madrid.

Eduardo de Guzmán. Madrid rojo y negro. Madrid: Oberon, 2004. p. 47-55.

* * *

jesusizcarayEl asalto, aquel aluvión…

Cuando terminaba la noche del 19 de julio, unos cuantos nos fuimos a la plaza de España. En busca de noticias y a pedir instrucciones si encontrábamos a alguien que pudiera dárnoslas.

Desde Bailén a Feraz se percibía en la oscuridad un espeso semicírculo de sombras. Eran los amontonamientos de paisanos estacionados frente al cuartel desde el atardecer. No parecían preocuparse gran cosa del fuego que les podían hacer desde el caserón de la Montaña. Ya habían disparado sobre ellos cuando anochecía. Los anchos racimos de hombres se desgranaron como por encantamiento y volvieron a rehacerse minutos después. Y allí estaban, esperando la hora de la verdad…

Tuvimos suerte. No habíamos andado mucho por la plaza, cuando encontramos al teniente Moreno, aquel oficial de Asalto tan popular en Madrid por su republicanismo. Yo le conocía y más de una vez habíamos tomado juntos café o algunos chatos.

– A la paz de Dios, teniente –le saludé en guasa-. ¿Cuándo empieza el tango?

– En cuanto amanezca. Al amanecer comenzaremos.

Al responderme, ensayó su sonrisa jovial de siempre. No le salió. En aquella cara redonda, un tanto aniñada, había demasiada preocupación y demasiado cansancio.

Le preguntamos qué fuerza había en el cuartel. No se sabía con exactitud. Soldados no había muchos. A los más señalados por sus ideas progresistas, les dieron permiso días atrás. Una forma de quitárselos de encima. Otros fueron a parar a los calabozos. Pero allí estaban concentrados todos los oficiales y muchas de las clases del cuartel y otros militares ajenos a él, particularmente de la escala de reserva. A ellos se habían unido algunas docenas de guardias civiles, centenares de falangistas y algunos monárquicos.

– Según nuestros cálculos, no le faltará mucho para los tres mil hombres – resumió Moreno.

– No es moco de pavo. ¿Y se sabe quién los manda?

– Dicen que el general Fanjul.

– Y nosotros, ¿con qué contamos?

El teniente volvió a intentar sonreír y tendió el brazo hacia la semicircunferencia de sombras.

– Pues con eso. ¿Te parece poco?

Se había formado un grupo frente a Moreno y a nosotros. Los del grupo nos dijeron que para los cuarteles de Campamento y Vicálvaro, también sublevados, ya había salido bastante gente: muchachos de la J.S.U, socialistas, comunistas, cenetistas.

– Poco más o menos lo que hay aquí.

Moreno nos preguntó si teníamos armas.

– Estamos con la cara.

– Como nosotros – gruñeron dos o tres del corro.

– Bueno, aquí tenemos tres cañones – aclaró Moreno. Uno de ellos no dispara, más le hemos puesto ahí en medio para que lo vean desde el cuartel…

Por la tarde, nosotros habíamos hecho cola en la Casa del Pueblo. Repartían fusiles. Cuatro o cinco mil máuseres que les había entregado el jefe del Parque. Pocos eran. Cuando llegó nuestro turno, los fusiles se habían terminado.
Nos volvimos al Radio a esperar el día.

Frente por frente al Radio, se alzaban los muros de un cuartel medio desafectado. Según nos informamos, servía de parque o de almacén. Desde las ventanas del Radio veíamos a los centinelas junto a las garitas.

Cuando amanezca… Los de nervios más seguros nos echamos a dormir hasta que saliera el sol. De repente, nos despertaron descargas próximas. Desde el cuartel frontero, los soldados de guardia disparaban contra nosotros. Por las ventanas, que habíamos dejado abiertas porque no podíamos resistir el calor, entraban los proyectiles que oíamos chascar en las paredes.

Nos fuimos escurriendo desde los bancos al suelo. Una compañera enseñó su pierna cubierta de sangre. Fue la primera baja que tuvo el Radio. Después ha habido muchas más. Nadie ha podido contar a los hombres y mujeres de aquellas vísperas que han ido muriendo en los combates de todas partes… En la sierra, en la retirada de Talavera, en Guadalajara… ¿Cuántos quedamos?

Llamamos por teléfono al cuartel y les preguntamos si se habían sublevado, advirtiéndoles que nos resistiríamos a emplazar en las ventanas las ametralladoras, pues no queríamos matar soldados, hijos del pueblo como nosotros. Puro farol la amenaza de las ametralladoras. No teníamos ni una.

Del cuartel nos contestaron que guardáramos nuestras máquinas, que ellos permanecían fieles a la República. Lo ocurrido fue que habían oído disparos –la pistola de un “paco” de una azotea próxima- y creyeron que nosotros les atacábamos.
El añil de las ventanas se trocaba, poco a poco, en un gris cada vez más pálido.

– ¡Al Cuartel de la Montaña! – voceó no sé quién.

Y casi en tromba nos lanzamos a la calle. Detrás de nosotros quedaba la casa del Radio. Hoy, un año después, el pequeño edificio es un montón de ruinas donde crece la hierba y se congregan los chicos y los perros del barrio. Los bombardeos la han borrado del mundo de las casas vivas. También el Círculo Socialista está medio derruido.

Embocamos, corriendo, la calle del doctor Cárceles.

– Todos los que tengan fusiles, ¡que se adelanten!

Los ocho fusiles se precipitaron calle abajo, en busca de la plaza de España.

Yo llevaba un revólver “Colt”, completamente inútil para asaltar un cuartel. Me lo habían dado en el Radio. Pero a alguien se le ocurrió que subiéramos a la Tenencia de Alcaldía de Palacio que encontramos al paso. En su armero se alineaban, inactivos, veintitantos mosquetones. Nuestra proposición al suboficial de los municipales fue terminante.

– O se vienen ustedes con ellos a asaltar el cuartel o nos los dan a nosotros.

Nos los dieron. Yo firmé el recibo. En mi calidad de periodista, al suboficial le parecí “la persona más caracterizada” para ello. Cuando terminé el inútil trámite –que cumplí lo más seriamente que pude- los camaradas ya corrían con los mosquetones calle abajo. Y allí me quedé yo –tirador de primera en mi regimiento- con aquel revólver que no me servía para nada.

De todas maneras… ¡al cuartel!

milicianos

…era el clamor de la victoria

Cerca de Ferraz, los desfavorecidos en la rebatiña de los mosquetones, dimos alcance a dos carros blindados de los guardias de Asalto que disparaban contra los ventanales del cuartel. Delante de nosotros, dos hombres hacían lo mismo con una ametralladora. ¿De dónde la habían sacado?

– Desde ahí desperdiciáis todos los tiros- les dijo un guardia.

Entonces, los dos obreros, pues su pinta era de eso, se echaron la ametralladora al hombro y la plantaron en medio de la calle de Ferraz. Allí estuvieron disparando durante toda una inmensidad de cinco minutos. Cayó primero el que servía la ametralladora. El otro continuó disparando hasta que se terminó la cinta. Precisamente en aquel instante, una bala le volcó el corazón sobre la máquina.

La plaza ardía bajo el sol y bajo los tiros. Las descargas que nos hacían desde el cuartel no cesaban. La llama del sol apenas dejaba ver los fogonazos, mas el pespunteo precipitado de las ametralladoras se percibía claramente.

Un enjambre de cuerpos humanos se arrastraba por las aceras y por la arena de la explanada. La débil densidad del fuego que expelía aquel hormiguero indicaba, de forma alarmante, que la mayor parte de las hormigas carecían de armas.

Poco a poco me fui escurriendo hacia la explanada. Allí me sentía más cerca del cuartel. Las ventanas de sus naves altas ofrecían un buen blanco. Con un “máuser” habría metido todas las balas dentro.

Contemplé tristemente el “Colt” que aún no había disparado una sola vez. ¿Para qué?… Preguntándomelo, me decidí disparar alto, calculando, a ojo, la parábola que podía describir los proyectiles, a fin de que, aunque a bala muerta, cayeran en el patio del cuartel. Empecé a hacerlo así sin gran entusiasmo.

– Buen revólver lleva usté, compañero- oí una voz junto a mí.

– Sí… (y solté una palabrota, que obsequió a mi revólver con un adjetivo incivil). ¡No me hace falta más que un poquito de cachondeo!

Quien alababa mi trasto inútil era un hombre que se aplastaba a pocos pasos con una pistolilla en la mano. Un hombre lindante ya en la cincuentena y con pinta –me dije- de artesano. Le pregunté su oficio, gruñéndome a mí mismo que maldito el interés que tal detalle tenía en aquellos momentos.

– Ebanista, para servirle. Eustaquio Martínez, un amigo desde ahora- me respondió la mar de finolis. Y seguidamente, largó un tiro con su pistolilla, seguramente por cumplir.

Llegó hasta nosotros una especie de ronquido fragoso. Era uno de nuestros cañones útiles que -¡ya era hora!- hacía acto de presencia. Al pie del muro frontero del cuartel, se levantó un remolino de tierra. Corto. El tiro se había quedado corto.

Tendiendo la vista por la explanada, divisé al teniente Moreno que, alzando una carabina sobre su cabeza, reptaba en medio de un pelotón de Asalto. Fue la última vez que le vi. Meses después se lo cargaron en el frente del Tajo.

De la esquina de Ferraz surgió un tropel de hombres. Agachándose apenas, emprendieron carrera en dirección al cuartel. Todas sus armas disparaban a un tiempo: algunos fusiles, mayoría de pistolas. A los pocos instantes, varios hombres se desplomaron. Los demás siguieron disparando cuerpo a tierra.

Súbitamente, sobre la multitud de atacantes se alzó un alarido de triunfo. En aquel cuartel acababa de aparecer una bandera blanca. Se izaba solitaria al fondo del patio, en medio de la escalinata. El enjambre humano de la explanada se irguió de un salto y, prolongando el grito, se lanzó en tromba hacia el portalón. Mas apenas había avanzado unos metros cuando un diluvio de proyectiles se abatió sobre él. Todas las armas del cuartel disparaban frenéticas.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pese a que el solazo me bañaba en sudor. Yo había continuado en tierra, cargando por quinta o sexta vez mi revólver. Escuchando los ayes de los heridos, me dije que tal vez eso me había salvado.

El vertiginoso repliegue de los que no cayeron me dejó casi en primera línea.

– ¿Qué tal va eso, plumífero?… ¿No te han sacudido?

Era uno de los del Radio: el mastodonte. Un mozarrón de un metro ochenta y cinco, por lo menos, y ciento veinte kilos de peso. Cuando le vi por primera vez supuse que era un metalúrgico, o algo así. Luego resultó que era relojero, relojero de precisión.

– No, chico, sigo como una rosa – respondí fanfarroneando. Y él, saludándome, agitó en el aire su mosquetón, uno de los mosquetones de la Tenencia de Alcaldía.

Prosiguió el tiroteo, poco nutrido. Desde las primeras líneas de la explanada, vislumbrábamos, borrosamente, a los militares apiñados en la escalinata. De vez en cuando, alguno de ellos se erguía, el fusil en la cara, buscando blanco.
¡Otra bandera de la paz en el cuartel! Esta vez nadie hace caso. Por la plaza se está corriendo la voz:

– ¡Que nadie avance hasta que llegue la aviación! ¡Que va a llegar la aviación!

Más tiroteo, bastante moderado, en espera de la aviación. La gente empieza a estar cansada y nos han hecho mucha carne. Hasta que millares de voces anuncian:

– ¡La aviación!

Es un avión por junto. La contemplación del aparato solitario me decepciona. Poco podrá hacer. Pero me equivoco. El avión evoluciona varias veces sobre la mole cuartelera. Al cabo, percibimos el fulgor de una bomba herida por el sol y toda la plaza prorrumpe en un grito único que se deshace, instantáneamente, en mil clamores. La bomba ha estallado en medio del patio del cuartel.

Cuanto siguió fue tan vertiginoso, tan ensordecedor, tan alucinante, que resulta difícil describirlo e incluso recordarlo en sus detalles. Millares y millares de hombres –y de mujeres, pues también había mujeres entre los asaltantes- nos abalanzamos no hacia el cuartel, sino sobre el cuartel, sin cubrirnos, sin hacer caso de los tiros que continuaban partiendo de sus galerías, al mismo tiempo que, por sus ventanas, asomaban banderas blancas.

Sin poder averiguar si alguien abrió el portón o si lo derribó la avalancha, me encontré en medio del patio, lleno ya de asaltantes, que disparaban como locos contra los oficiales que continuaban resistiendo desde las galerías, contra los que corrían por el patio empavorecidos, contra los que intentaban desaparecer por algún agujero.

En lo alto de la escalinata, entre una aglomeración de militares con los brazos en alto, un oficial repetía, frenético, desesperados vivas a España, y otro, guerrera abierta, camisa roja de sangre, nos gritaba a nosotros sin dejar de disparar:

– ¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!

Sólo calló cuando le abatieron de un tiro o de veinte, no sé.

Las puertas de las naves expelían soldados sin guerrera. Con los brazos en alto daban angustiosos vivas a la República y terminaban siempre por caer en los de alguno de los asaltantes.

De la plaza llegaba un trueno sostenido e inmenso: era el clamor de la victoria.

(Estampa, Madrid, julio 1937)

Jesús Izcaray.
La guerra que yo viví: crónicas de los frentes españoles (1936-1939).
Madrid: Cuadernos para el Diálogo, 1978. p. 14-21.

Como contrapunto a estas crónicas, oigamos las voces de Jacinto Miquelarena, Francisco Camba, Wenceslao Fernández Flórez y Agustín de Foxá.

Madrid se poblaba de automóviles erizados de escopetas y fusiles. Gente del pueblo, armada, ocupaba los coches, gritando, blasfemando, apuntando a las ventanas. Era un carnaval de armas de fuego, de actitudes de reto, de aullidos. Las madrigueras de Madrid daban torrencialmente su hampa, su choricería, su flamenquismo… […]

No vi a nadie de los míos. En la acera del Café Negresco, dos patibularios detenían a todo el mundo apuntando con sus escopetones; y en la terraza se reía la gente a carcajadas, de los sustos que daban aquellos dos excrementales.

[…]

Al día siguiente, día 20, el avión de la Luft Hansa no pudo salir –naturalmente- y el pueblo entraba en el Cuartel de la Montaña, emborrachándose de toma de Bastilla; yo fui al ABC, de donde nos echaron a todos, y volví a casa.

Madrid ya no era para mí más que una prisión.

Jacinto Miquelarena. El otro mundo. 3ª ed. Burgos: Aldecoa, 1938. p. 39-41

Por la noche se siente un aeroplano, que vuela, según dicen, sobre el cuartel de la Montaña. A media mañana, rumores vagos que hablan no tanto de un gran combate como de una tragedia, nos lanzan a la calle. […]
No se sabe bien, no nadie tiene noticias. Con el presentimiento de que estoy asistiendo a uno de los momentos estelares de mi Patria, me encamino hacia el sitio de donde, por el vieno, como las plagas de otra edad, parece difundirse esa terrible inquietud. En la plaza de España, contenido por los guardias, hay un gentío enorme. Allí está el cuartel, allí está la esfinge. ¿Qué ha ocurrido dentro de sus muros? ¿Por qué este silencio, que, como ninguna otra cosa, oprime y estruja el corazón? De repente aparece a mi lado una mujer queriendo abrirse camino, desmelenada, trágica, con una expresión que no se me olvidará nunca.

– ¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar!

Por la voz la reconozco. Es Guadalupe Muñoz Sanpedro. Qué noche no habría pasado, que me pareció no ya una mujer envejecida por una angustia sobrehumana, sino una vieja realmente, decrépita, casi incapaz de sostenerse en pie.

– ¿Qué le ocurre a usted, Guadalupe? ¿Qué es eso?
– ¡Tengo ahí a mi hijo! [Posiblemente el hijo sobrevivió al asalto: no consta ningún muerto con un Muñoz como segundo apellido]

Y como si no me conociese, como le hubiera suplicado a otro cualquiera:

– ¿Me deja pasar?

Por todo Madrid es como si resucitasen las turbas que un día tomaron la Bastilla. El populacho harapiento y sucio, lo más soez de los bajos fondos madrileños, va por las calles gritando, al hombro los fusiles cogidos en el cuartel, por el pecho el correaje de los oficiales muertos. El Gobierno ha vuelto a hablar, y estos asaltantes de un cuartel ya rendido, estos asesinos de unos oficiales indefensos, son los héroes de la República. […]

Francisco Camba. Madridgrado: documental film. 2ª ed. Madrid: Ediciones Españolas, 1940. p. 40-41

¡Días de pesadilla! El populacho cercaba los cuarteles donde se habían encerrado incomprensiblemente los sublevados, sin intentar una salida, algunos sin ensayar la defensa, y que iban cayendo uno a uno como naipes en un juego de niños. Fué donde la muchedumbre bebió por primera vez y a grandes tragos la sangre. Se mató sin piedad, con júbilo, por grupos, a hombres que habían entregado sus armas, de las que ni aun llegaran a hacer uso. Se mutilaba y se destrozaba rabiosamente. Frente al Cuartel de la Montaña, el cuerpo de un oficial estuvo tendido varios días sobre el asfalto.

Wenceslao Fernández Flórez. Una isla en el mar rojo. Madrid: Ediciones Españolas, 1939. p. 36

Las masas armadas invadían la ciudad. Bramaban los camiones abarrotados con mujeres vestidas con monos, desgreñadas, chillonas, y obreros renegridos, con pantalones azules y alpargatas, despechugados, con guerreras de oficiales, correajes manchados de sangre y cascos. Iban vestidos con los despojos del Cuartel de la Montaña.
Y entre ellos, como una visión soviética de marineros de Kronstadt, los marineros de blanco, con los puños cerrados, gritando, tremolando las banderas rojas y negras de la FAI.

Pasaban los camiones y los taxis erizados de fusiles. Un miliciano echado en el estribo apuntaba a las gentes de la acera.

-¡Fuera de los balcones!

Iban arrebatados, borrachos de sangre. Porque la habían visto a raudales correr por el suelo del patio del Cuartel de la Montaña.
Como peleles, más de quinientos oficiales falangistas estaban tirados en el suelo, arrugados, despojados, en mil posiciones, sobre un brazo, boca arriba, encogidos, con las cabezas ensangrentadas.
Habían entrado brutalmente al ver la bandera blanca, atropellándose. Ya un grupo de guardias de asalto llevaba en filas de dos a los rendidos. Y saltó un pocero, cogió a uno de los soldados por el pelo, y le disparó un tiro en la nuca. Cayó contraído, manchándole los dedos de sesos. Aquello enardeció a la masa. Dejaron de ser menestrales, obreros de Madrid, carpinteros, panaderos, chóferes, cerrajeros. Un sueño milenario les arrebataba. Les resucitaba una sangre viejísima, dormida durante siglos; ¡alegría de la caza y de la matanza! Eran peor que salvajes porque habían pasado por el borde de la civilización y de las grandes ciudades y complicaban sus instintos resucitados con residuos turbios de películas, de lecturas, de consignas.
Joaquín Mora estaba en el cuarto de banderas, con los oficiales, cuando los soldados izaron la bandera blanca.

-No podemos resistir –afirmaba el sargento García-; ese cañón que han puesto en la plaza de España va a derribar el cuartel.

Volaba sobre ellos un aeroplano arrojándoles bombas.
Cuando entraron las turbas, con un griterío de abordaje, Joaquín Mora se metió con otros soldados en una caseta de ladrillo, rompiendo el cristal del montante. La puerta estaba cerrada por fuera.
Horrorizados, oían las descargas en el patio, los gritos y los estertores de los heridos, y los insultos de las mujeres. Una gritaba:

-A ese que levanta el puño. No hacerle caso. Es un fascista.

Después de la rendición del cuartel de la Montaña salió un numeroso grupo de soldados que habían sido prisioneros de los militares. Iban por la calle con los brazos en alto y los puños cerrados. (Pío Baroja)

Se les acercó un soldado, con la angustia pintada en la cara.

-Oye, se acercan hacia aquí.

Los milicianos golpeaban ya la puerta. Joaquín Mora tuvo un momento de inspiración. Chilló desde dentro:

-¡Animo, camaradas! Abridnos. Nos tenían encerrados. ¡Viva la revolución!

Rompieron el cerrojo con las culatas. Los soldados comprendieron. Y tuvieron que abrazarse con aquellos asesinos, y cuando salieron al patio, sonreían fingiendo alborozo, en medio de los cadáveres de sus compañeros con los cráneos saltados.

-UHP, UHP.

Se rompían las camisas, se alborotaban los cabellos, y levantaban el puño. Pasaban con los brazos en alto los soldados, con las guerreras abiertas, y gritó un responsable de la CNT:

-Aquí los que lleven alpargatas, y al patio los de zapatos. Que los metan en un camión y a la Casa de Campo.

-¡Ahí va, Manolo!

Y un miliciano desde una galería intentaba tirar un pie de ametralladora.
Ignorando el peso y la velocidad de la caída, unos de la FAI extendían las manos desesperando:

-Tira ya.

Para disimular, Joaquín Mora ayudaba a unos de la UGT para sacar una ametralladora.

-Trae, compañero.

Les enseñaba también a manejar el cerrojo del maúser. Le invitó el jefe.

-¿Vamos a refrescar, camarada?

Salieron. Tirados en la puerta del cuartel, como los caballos destripados después de una corrida, había un capitán y dos falangistas con los ojos vidriosos. Las mujeres les movían las cabezas agujereadas, con la punta del pie.

-Este es un buen “pez”. Mira qué gordo está.
-Lo que habrá comido a costa del pueblo.

Desde las plataformas de los camiones, los dirigentes repartían, a brazadas, los fusiles y las pistolas.

-A mí otra, para mi hermano.
-No, ya llevas bastantes.

Salía un golfo, con patillas y caspa, con la guerrera de un suboficial. Se pavoneaba luciendo la sardineta de oro, que se tocaba orgulloso, enrojeciéndola de sangre.

-Qué, ¿estoy guapo, vecinas?

Las masas armadas se repartían por las calles y barriadas. Había mucho paqueo. Desde las azoteas tiraban contra los milicianos.
Uno disparaba desde el centro de la plaza de España.

-Debe estar escondido detrás de las estatuas esas.

Y señalaba al monumento a Cervantes.
Llevaban un cuarto de hora buscándole y ya les había hecho nueve bajas. Lo encontraron al fin.

-Ahí está el pájaro.

Señalaban los milicianos un bulto acurrucado en la copa de una acacia. Lo rodearon, riéndose a carcajadas, disputándose la presa.

-Dejármelo a mí.
-No, yo lo he visto primero.

Tiraron casi todos a un tiempo. Cayó hecho una pelota, rompiendo una rama. Era casi un niño; tendría unos diecisiete años, el pelo rubio y los ojos azules. Le miraron la cartera.

-Ya has caído, tunante.


Del pecho, cubierto de sangre, sacaron una medalla de oro con una fecha: 3 de mayo de 1929.
El terror se extendía por todo Madrid. Cruzaban las calles cientos de camiones, erizados de fusiles. Amenazaban a los transeúntes y a los balcones.

Agustín de Foxá. Madrid de corte a cheka. 2ª ed. corr. y aum. San Sebastián: Librería Internacional, 1938. p. 246-249


Fotografías cedidas por Carlos García-Alix

  1. Bremaneur

    Luego añado más fotografías y arreglo los desperfectos. Tengo el ordenador echando humo…

  2. El rufián melancólico

    He echado la mañana zascandileando por líbrerías de viejo. Acabo de llegar a casa y veo su suite sobre el asalto. Estoy abrumado, boquiabierto. Quiero disfrutar de los textos y las imagenes. Luego le cuento.

  3. El rufián melancólico

    Apenas una nota al vuelo a un nombre que desliza Izcaray en su relato: el teniente Moreno de la Guardia de Asalto. Un hilo, por cierto, que nos devuelve el eco de Margarita.“El tiroteo decae; los de la montaña han cesado de disparar, por lo menos las ametralladoras. Suena potente la voz del teniente de asalto.-¡Altoooo el fuego, he dichoooo! ¡Aaltooo el fuego!Deja la pistola apoyada sobre uno de los sacos terreros y le alarga la petaca y el librillo de papel de fumar.-Ése es un tío con pelotas… ¿No le conoces?-No…-El teniente Moreno. ¡Hombre!… Máximo Moreno. Hasta ayer no salió de la Dirección General de Seguridad… ¡Como que fue uno de los que se cargaron a Calvo Sotelo!Tres días de julioLuís RomeroAriel 1967

  4. El rufián Melancólico

    CARA AL SOLNunca como en aquel caluroso lunes tuvo tanto sentido la primera estrofa del himno de Falange. Página inevitable, y a veces ninguneada, del asalto al Cuartel de la Montaña es la de los falangistas madrileños que desde la tarde del Domingo 19, obedecieron la orden de sus mandos de acudir al cuartel para sumarse al alzamiento.De los jefes de las centurias de camisa azul practicamente no faltó nadie: Manuel Sarrión, Rafael Garcerán, Jesús y José García Noblejas, Gregorio Miranda, Jimerio, Darde, Carlos Ureña, Miguel Alvarez Ayuca, Fermín Cogorro de Miguel, Emilio jimenez Millas… El general Fanjul sin embargo se sintió defraudado. Esperaba, se lo habían prometido, un refuerzo de 1.500 voluntarios civiles. Solo fueron exactamente 183 y todos ellos falangistas. Una cifra paupérrima en relación a los efectivos de la Falange madrileña. Cierto que hubo muchos que cuando quisieron entrar era ya practicamente imposible y otros, la mayoría, que llegada la hora de la verdad dieron un paso atras. Muchos de ellos lavarían más tarde su honor formando en las redes quintacolumnistas.Como anecdota recordar que una vez en el interior del cuartel, los falangistas fueron desposeidos de sus uniformes para vestir el de reclutas y luego armados con un mosquetón y su dotación de castuchos. A muchos de ellos aquel cambio de uniforme no les gustó nada. Seguiré hablando de ellos.

  5. Bremaneur

    Creo que ya está completa la entrada. Le envidio el cazcaleo por las librerías de viejo. A ver si estos días, en Madrid, me doy un pequeño respiro por esos sitios que tanto echo de menos. Rufián, es usted <>único<> tejiendo telas de araña. Le dejo un pequeño comentario en la entrada anterior.

  6. El rufián melancólico

    “EL MANÍAS”Las primeras noticias que tuve del asalto al Cuartel de la Montaña las leí en el libro “Tres días de julio” de Luis Romero. Llegó a mis manos cuando apenas contaba 12 años, en 1968. El ejemplar, que todavía conservo, pertenecía a mi padre y fue mi puerta de entrada al universo guerracivilesco.En las páginas dedicadas al asalto del cuartel me llamó entonces poderosamente la atención un personaje. “El Manías”. “Entre los que rodean a los oficiales, empuñando un fusil descubre al “Manías”, un muchacho muy popular, vendedor de periódicos comunistas, que padese un tic nervioso. Cuando el buque ruso Komsomol atracó en el puerto de Valencia, el “Manías” se trasladó a pie para ver el barco.”Tres días de julioLuis RomeroAriel 1967En otro libro, muchos años después, volví a encontrar la figura del “Manías”:“En la redacción de Mundo Obrero, recibí la visita de un simpático vendedor de nuestro periódico. Le llamaban “El Manías”. Era un autentico desharrapado cuyas ropas, no se por que misterios de la ley de la gravedad, se mantenían en su cuerpo. Tenía un tic nervioso que le hacía guiñar constantemente los ojos. Un día pidió el ingreso en las Juventudes Comunistas. Y se lo dieron. Durante los años del bienio negro, 1932-1935, cuando con harta frecuencia la policía se incautaba de la edición de nuestro diario. “El Manías” tomaba un puñado de ejemplares, se iba a la Puerta del Sol, y enfrente del Ministerio de Gobernación, comenzaba a gritar: “¡Mundo Obrero, el periódico que tiene los pelendengues de decir la verdad!”. Y “El Manías” paraba en los calabozos de la Dirección General de Seguridad. Le pegaban una paliza y lo echaban a la calle.”Yo fui un agente de StalinJesús HernandezEditorial AméricaMexico 1953Cuenta también Jesús Hernandez que el motivo de la visita del “Manías” en aquellas vísperas de la guerra era obtener su aprobación para darle su merecido a un fascista declarado. Jesús Hernandez le quitó la idea de la cabeza y le llamó al órden. El Partido -decía Hernandez- no aprobaba el atentado personal.“El Manías” murió en el asalto del cuartel y Luís Romero, en su libro, lo contaba con todo lujo de detalles:” El Manías” se siente excitado. El fusil que dispara desde primeras horas del amanecer se lo entregó el propio Jose Díaz, secretario del partido comunista:”Manias -le dijo-, a ver si te luces; esto es un arma mejor que la pistola, camarada.” Le conocen todos: es el más entusiasta vendedor de Mundo Obrero y miembro de las Juventudes Comunistas; ha sido capaz de utilizar la pistola cuando ha sido necesario. Al principio le daba miedo y un tanto de repugnancia; después ha encontrado satisfacción en matar a los enemigos, a los fascistas, a los opresores del pueblo. Su célula ha dado matarile a cuatro; a uno de ellos le encerraron y le propinaron una fuerte paliza antes de ejecutarlo. Leyeron en los periódicos lo que se contó del suceso; nadie supo quienes fueron los autores; tomaron cumplidas precauciones.“El Manías” dispara sin preocuparse de hacer puntería. Un tic nervioso que padece no se lo permite; se emborracha con el olor de la pólvora y con el ruido de los disparos. Hubiera deseado tirar de la cuerdecita de los cañones y se ha acercado a pedir que se lo permitieran. Uno de los sargentos que hay junto a las piezas le ha ahuyentado con malas maneras.-¡Eh! bandera blanca. ¡Sacan bandera blanca!-Si, allí asoma…-Esos cobardes se rinden… ¡Vamos a hacer un escarmiento!Un trapo blanco cuelga de una de las ventanas del cuartel pero el tiroteo no ha cesado. Discuten si es cierto que se rinden o no; hay disparidad de opiniones y desconcierto.Si, se rinden, se han rajado; son una partida de cobardes y los cañonazos les han aterrorizado como mujerzuelas. Hay que correr a darles su merecido, adelantarse a la Guardia Civil, que protegerá a sus compañeros, porque los militares entre sí, aunque parezca lo contrario, se ayudan y se protegen; figurando en ambos bandos terminaran ganando siempre y engañando al pueblo.“El Manías” se agita, coloca un peine en la recámara del fusil, se dirige a los que le rodean, alguno de ellos camarada de su propia célula.-¡Vamos para allá! ¡A cascarles, que son unos cagones!Muchos paisanos, disparando o con los fusiles en alto, han comenzado a correr en dirección al cuartel. Corren también algunas mujeres tras las banderas rojas desplegadas. Los guardias civiles, más cautos, esperan recibir órdenes.“El Manías” y los más arriesgados emprenden una desatada carrera hacia las escalinatas del cuartel.-¡Viva Rusia!-¡UHP!-¡Ya son nuestros!-¡A por ellos camaradas!-¡Viva la República!-¿Dónde están los hombres? ¡Maricón quien se quede atras!Corre, corre resollando, desea llegar el primero; No permitirá que se le escapen. El pueblo asalta el cuartel baluarte de la reacción, del clericalismo, del fascio criminal, de la burguesía capitalista.Caen varios hombres; suenan blasfemias y gritos. Las ametralladoras de la Montaña han abierto fuego; desde las ventanas, los fusiles disparan. Los fascistas asoman medio cuerpo para hacer mejor puntería contra los aasaltantes.-¡Traición! ¡Traición!Al “Manías” se le cae el fusil; continúa corriendo, dando traspiés, con ambas manos extendidas, palpando el aire como un ciego. Se derrumba y queda hecho un ovillo en el suelo; le agitan unos espasmos; después estira las piernas y se queda quieto, mientras los atacantes retroceden despavoridos.” Tres días de julioLuis RomeroArielBaecelona 1967

  7. El rufián melancólico

    Con toda seguridad muchas de las estampas de la revolución en Madrid que cuenta Arrarás son parte de una tradición oral.Un conglomerado de voces y anecdotas que todavía conservaban cuando escribió su “cruzada”, en 1941, el color y el sabor que da la cercanía. “La glorieta de Cuatro Caminos, al comenzar la tarde, esta también como cuajada de milicianos y fusiles. En la plaza de Lavapiés, a la misma hora, desfilan centenares de mosqueteros rojos con bandera y corneta. Junto a la Puerta de Toledo se hacen ejercicios militares: unos sargentos instructores enseñan a marcar el paso a pelotones de novatos, cuyas alpargatas levantan nubes de polvo. En la plaza de Manuel Becerra, no lejos de la Monumental también se instruye a los milicianos de Torrijos. Los bordes de la plaza, en sus partes umbrías, están llenos de carritos expendedores de helados. Un miliciano fornido, con una camiseta roja que le cubre escasamente, como un un traje de baño, una pequeña parte del pecho y la espalda, se ha hecho llenar de mantecado un gran vaso de agua. Y mientras con la lengua sedienta va lamiendo el helado fresco de la pasta, que su brazo izquierdo levanta a intervalos, con el brazo derecho empuña un pistolón y dispara contra la campana de un convento que hace esquina a la plaza. A veces, las balas fallan el blanco. Pero cuando dan en la campana, suena seca, rápida y clara, como un quejido, y la nube de chiquillos del barrio estalla en aplausos y gritos ensordecedores.”Historia de la cruzada españolaJoaquín ArrarásEdiciones Españolas, 1941.

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