La biblioteca fantasma

La rabia del traicionado (I)

Castro Delgado, Enrique. Hombres made in Moscú. Barcelona: Luis de Caralt, 1963. 655 p.

Enrique Castro Delgado frente a los micrófonos de Unión Radio(Fotografía cortesía de Carlos García-Alix)

Enrique Castro Delgado frente a los micrófonos de Unión Radio
(Fotografía cortesía de Carlos García-Alix)

Era pequeño e inquieto. Agudo observador, contundente en la frase y el ademán. Le acusaron de traidor y de cobarde y le trataron con odio y con desprecio aquéllos a quienes odió y despreció. Fue testigo de los amargos días de la guerra civil, testigo de la historia y del comportamiento de quienes la vivieron. Contribuyó a la conformación de la tragedia con tanta pasión como doctrina, pero era demasiado inteligente y terminó rebelándose contra la mentira con el mismo tesón con que la defendió. Trataron de aniquilarle. Sobrevivió.

La periodista alemana Maria Osten dijo que no hay mejor historia que la escrita por la propia vida. Enrique Castro Delgado contó la suya en dos libros tremendos: Hombres made in Moscú y Mi fe se perdió en Moscú. El primero habla de sus años como sindicalista y del papel que jugó en la guerra civil, especialmente como comandante del Quinto Regimiento. En el segundo cuenta su vida en la Unión Soviética, a donde se dirigió junto al resto de dirigentes del Partido Comunista. El primero es una historia de lucha pugnaz; el segundo, el relato de un derelicto.

El historiador Hugh Thomas dice de Hombres made in Moscú que tiene escaso valor histórico. Otros hablan de su poca valía literaria. En absoluto. Su valor es enorme, indiscutible. Habla de la ideología como sustrato nocivo del alma oscura de los hombres. Y está escrito a golpe de inteligencia. Es un libro bien construido, apuntalado por el párrafo breve y contundente. La rabia vital está contenida en el armazón de la escritura mesurada. Parece que cada una de las palabras va a estallarnos ante los ojos, pero transcurren todas con el ritmo adecuado de las grandes obras. Por él pasan todos los personajes relevantes que de una manera u otra tuvieron contacto con el Partido Comunista durante esos años: la dirección del Pce, Ramón J. Sender, Mihail Koltsov, Enrique Lister, Gorev, El Campesino, etc. Pero el protagonista principal, como no podía ser de otra forma en unas memorias, es el propio Castro, que habla de sí mismo en tercera persona.

En este libro Castro aparece como un hombre concentrado en su misión, que no es otra que la de imponer los mandatos del Partido para que la guerra se lleve a cabo de una manera determinada. Castro es despiadado, brutal e impositivo en sus maneras. Mordaz y sarcástico en su expresión. Hombres made in Moscú es el resultado de un hombre eviscerado que pone a disposición de los hombres sus propias entrañas. Sus confesiones llegan a extremos sorprendentes y están narradas con algo de displicencia, lo que anula cualquier posible intento de expiación.

El libro comienza en Madrid, ciudad donde nació Castro en 1907.

Madrid es una ciudad de tristes despertares.

Se ha hecho mucha literatura, comenzando por Baroja, de los traperos con sus pequeños carros, de los obreros con su tarterilla y el cigarro en la boca, de las tabernas con su café y su aguardiente, de las putas y serenos en retirada, de los mendigos acostados entre papeles y pena, de los señoritos haciendo el amor a la Cibeles… pero, sólo literatura, una literatura de colorido, pero terriblemente superficial.

Porque en ese madrugar de silencio y hielo, de una ciudad entre la noche y el día no hay más que mala leche y miseria.

Los traperos maldicen mientras hurgan en los montones de basura, sus burros se ensucian sin respeto para las ordenanzas municipales, los obreros se mean donde no se puede orinar de día, prostitutas y señoritos vomitan sus borracheras ante los pórticos de las iglesias o ante las estatuas de los mejores o peores hombres de nuestra historia, los perros ladran a la gente, los taberneros falsifican café y aguardiente, los bebedores procuran marcharse sin pagar, los serenos blasfeman en voz baja de un contar de calderilla solamente, los mendigos dejan sus piojos y mal olor en los quicios de los portales de las casas de lujo…

Madrid cuando se despierta huele a mala leche y orines, a miseria y golfería.

Es una ciudad de tristes despertares, (p. 157-158).

Cuenta sus años de infancia, la formación de su carácter, influenciado por el de una madre “que parecía sentirse orgullosa de que sus hijos a golpe de golpes se convirtieran en lo que ella consideraba hombres auténticos… Una manera más o menos brutal y española de entender la autenticidad masculina” (p. 15). Habla de su juventud y de cómo se inició ésta “con un pequeño pecado y un gran castigo” que le hizo abominar de todo sentimiento religioso y a cultivar un odio que “comenzó a crecer hacia abajo y hacia arriba; raíces hondas y afán de arañar el cielo” (p. 22). Castro no deja de contar nada, todo lo narra con una mezcla de precisión y maneras solanescas que resulta fascinante. Así, su primera experiencia sexual con una puta vieja y desagradable le lleva a vomitar antes de salir de la habitación, lo que provoca la ira de la mujer, que le lanza una maldición: “Hijo de puta… Ojalá la sífilis te deje ciego” (p. 27-30)

Se suceden así, una tras otra, escenas que evidencian la dificultad de hacerse un hombre. Y mucho más en el ambiente humilde donde se crió. Se afilia muy joven a la Ugt (p. 48) e inmediatamente después a las Juventudes Comunistas, de mano de Agapito García Atadell (p. 49). Carlos García-Alix, en Madrid-Moscú, resume estos primeros años de inmersión ideológica:

“Hizo dos años de servicio militar en el aeródromo de la Virgen del Camino, en León. A comienzos de la década de los treinta, con la llegada de la nueva dirección del PCE, Pasionaria, Díaz, Checa, Uribe, etc., Castro Delgado es destinado a trabajar en la creación de los Grupos de Oposición Sindical Revolucionaria, alternativa sindical sin éxito frente a las poderosas y consolidadas UGT y CNT. Durante los sucesos revolucionarios de 1934 participa activamente en las luchas de la barriada de Tetuán.

Conoce numerosas detenciones y es encarcelado por sus actividades revolucionarias.”

Cuando sale de la cárcel, en 1935, Castro se incorpora a Mundo Obrero, cuya redacción se instaló en el primer piso de una casa de la calle Cardenal Cisneros. Allí trabajaban, entre otros, los dirigentes Vicente Uribe y Jesús Hernández. Merece la pena transcribir la descripción que Castro hace de la nueva dirección del Partido Comunista:

¿Cómo eran?

josé díazEra pronto para saberlo, porque por aquellos días se dejaban ver poco. Pero a los hombres o se les conoce pronto o no se les conoce jamás. José Díaz [Secretario General], sevillano, obrero panadero, era un hombre bajo y menudo, con un mirar profundo y claro, humilde, oliendo todavía a su miseria y su pena de niño. Era de unos conocimientos muy pobres, mal orador, pésimo escritor y un hombre honrado… ¿Cómo los rusos pudieron convertir a este hombre en un autómata, cómo pudieron sobornarle hasta convertirle en un cadáver viviente? […] Era un hombre al que habían cegado con la magnitud de la misión; un hombre al que de la noche a la mañana le habían hecho creer que era el cerebro y el mando de un gigante en embrión: el Partido Comunista… Era un hombre obsesionado por el fin, que veía como un paraíso… ¡El fin!… ¡Sólo el fin!… Y ponía en práctica los medios sin detenerse a pensar si eran remedio o crimen, bien o mal…

Sólo así se comprende.

vicente uribeVicente Uribe [director de Mundo Obrero] era distinto. Bajo y menudo también, obrero metalúrgico y una mezcla de vasco y castellano en el que se había avinagrado la solera de las dos razas. Soberbio y vanidoso. Tosco y mal educado. Ambicioso. Su paso por la Escuela Leninista de Moscú le había hecho sentirse el “teórico” del Partido, el que sabía todos los recovecos de la ideología, todos los secretos de la estrategia y de la táctica.

Era un narciso disfrazado de obrero, un hombre resentido contra todo y en el fondo contra la Internacional Comunista que no lo había hecho jefe. No era inteligente, pero sí terco. Aprendió ruso y de memoria mucho de Lenin y Stalin. Era además, un hombre sin alegría, de mal humor y lo que es peor, de mala leche.

Antonio Mije [Secretario Sindical] era… De mediana estatura, un poco gordinflón, blanco, de piel feminoide de los hombros para abajo. Vivo, ágil, hablador incansable y un demagogo sin brillo. Hubiera sido, quizá, un buen camarero de colmado o jefe de una tribu de gitanos arregladores de cacerolas y sartenes y ladrones de burros y gallinas. No era un gran pícaro, solamente un pícaro, con unos afanes neuróticos de señorío, al que volvía loco la seda, que así vestía por dentro, y el buen vivir.

Jesús Hernández [Secretario de Agitación y Propaganda] era algo más que de mediana estatura, flaco, con gafas, cargado de hombros. Demasiado joven y después de unos sucesos en Bilbao que han pasado a la historia del movimiento obrero sin razón conocida fue enviado a la Escuela Leninista. Golfo, mujeriego y amigo del buen vivir. Orador fácil, aunque no muy brillante, con ciertos aires de intelectual que rompía un poco la monotonía de aquellos hombres iguales. Fue un hombre modelado por Moscú a su gusto, porque no era ni acero norteño ni roca castellana. Un hombre que casi sin transición pasó de la masa a la cúspide, en donde generalmente se acababa el hombre.

Manuel Hurtado [Secretario de Organización], “El Chino”, era también andaluz, pero un andaluz cerrado, torpe, lento, mohíno, desgarbado y de un hablar que hacía daño a su garganta y a los que le escuchaban. Jamás se comprendió cómo aquel hombre menos que mediocre había llegado a donde estaba. Sólo el ser alumno de la Escuela Leninista de Moscú podría explicarlo en parte.

Pedro Martínez Cartón era más un barítono sin oportunidad que un miembro de un Partido Comunista. Menos a Pedro Martínez Cartón, Martínez Cartón despreciaba a todos: a los suyos y a los de enfrente.

pasionaria1Dolores Ibarruri [Secretaria Femenina], “Pasionaria”, era alta, entrada en carnes, de pelo y ropa negra. De labios finos, de ojos que hacían daño en su mirar, de barbilla angulosa y dura. Tenía algo de la Bernarda Alba de Lorca: el veneno. Había sido una fanática de las que arrastran sus rodillas por la tierra en sangrientas y macabras penitencias. Cambió su mística negra por la roja. Posiblemente la política fue el escape de una vida frustrada por su gran ambición y terribles insatisfacciones. Era majestuosa en la tribuna, de una voz rica en matices, que parecía salir mucho más hondo que de la garganta. Llegó a Madrid con sus hijos, dejando a Julián su marido, allá, en las minas de los alrededores de Bilbao… para hacer de Isabel II…

El otro [Adriano Romero, Secretario Agrario] no era nada. (p. 126-128)

Pasan los días, los encargos del Partido para dirigir huelgas, crear confusión, enfrentarse a los pistoleros de Falange (impresiona cómo describe su relación con el falangista Calero, p. 212-216) Las derrotas y los fracasos de la dirección se las achacan a Castro. Mundo Obrero se traslada a la calle de Galileo. Comienzan a crearse odios y rencillas. Estalla la guerra y Castro, al frente de las milicias comunistas, participa en el asalto del Cuartel de la Montaña.

Pero de estos primeros días, cuando Castro participa en la creación del Quinto Regimiento, y del desarrollo de la guerra civil, conviene hablar con más calma en otro momento.

  1. El rufián melancólico

    ¡Que agradable sorpresa! ¡Castro en la Biblioteca fantasma! Todo un regalo en esta soleada mañana de Navidad.Enhorabuena por su reseña Bremaneur, precisa y acertada, dando el valor que merece la literatura de este orfeo rebelde del comunismo patrio. A menudo pienso que es el más celiniano de los escritores de su generación. Su bilis, su lucidez saturada de asco es inolvidable. Voy a sumergirme de nuevo entre sus páginas. Ya le contaré.

  2. Bremaneur

    Estoy releyendo las páginas que Castro Dedica al asalto del Cuartel de la Montaña. Impresiona cómo Castro se sincera y se ve a sí mismo como un asesino.Fatigando los estantes, encuentro referencias al asalto del cuartel en Baroja (Miserias de la guerra), Eduardo de Guzmán (Rojo y negro), Jesús Izcaray (La guerra que yo viví) y Hans Heusser (Der Kampf um Madrid). Alguna otra, más breve, en Fernández Flórez, Francisco Camba y Jacinto Miquelarena.

  3. El rufián melancólico

    No esta nada mál tampoco el “Tres días de julio” de Luís Romero y no puede faltar en la bibliografía del asalto Barea y su “Forja” y “El asedio de Madrid” de Eduardo Zamacois que también estuvo allí.Avisar para los más interesados que en los Fondos de “causa General” se encuentra una información apabullante de este asalto. Cientos y cientos de páginas donde minuto a minuto y barracón por barracón, nombre por nombre, podemos seguir al detalle lo que allí sucedió. Todos hablan, asaltantes y defensores, milicianos, soldados, oficiales, falangistas, Guardias de Asalto…Aquel lunes, 20 de julio de 1936, Castro lo bautizó en su libro como “el festín de las moscas”.Inmejorable título para aquella guerra.

  4. Bremaneur

    Uffffffffffffff, eso suena estupendamente. Voy a ir transcribiendo todas las noticias que tengo a mano. Castro tiene un arte especial para los títulos. “Los topos muerden”, “La revolución de los lobos”…

  5. El rufián melancólico

    Una pista sobre la educación sentimental de Castro Delgado. la literatura de sus 20 años. “-¿Porqué te gusta tanto Pío Baroja, camarada Urchurrutegui?-Porque Baroja es el descontento.-¿Nada más que por eso?-Y porque odia a los curas, a la Guardia Civil y a los piojos.¿Son muy importantes los piojos?-Cuando estés en la cárcel o en los calabozos de la Dirección General de Seguridad lo sabrás. Enrique rompió a reir.Y comenzó a leer a Pío Baroja.”Hombres made in MoscúEnrique Castro DelgadoLuis de Caralt, Barcelona

  6. El rufián melancólico

    LA MADRE (CANCIÓN DE CUNA)“Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión”“De haber tenido el valor de romper el embrujo de aquella mística salvaje y de mirarse muy adentro, hubiera visto su alma acurrucada y triste, con ganas de llorar como solo las álmas saben hacerlo. Pero él no sabía bien lo que era la libertad. Y estaba demasiado entusiasmado para darse cuenta de que había comenzado a caminar arrastrando unas cadenas que no hacían ruido, pero que habían encadenado su corazón y su pensamiento.Siguió cantando acompañado del eco de sus pasos. Llegó hasta el portal de su casa y llamó al sereno. De la oscuridad surgió una luz que fue acercándose lentamente, danzando de un lado para otro.-Buenas noches señorito.Miró la sombra y la luz.Y contestó de mala gana a aquel que le llamaba “señorito”.-Buenas noches.Escuchó el ruido de una llave vieja en una cerradura vieja. Se hundió en el portal empujando a la oscuridad con la llama de una cerilla delgada y larga. Mentalmente volvió a cantar y cuando llegó hasta la puerta de su casa se dió cuenta de que respiraba agitadamente, de que el corazón latía demasiado aprisa. Respiró profundamente y recordando la canción de guerra que había cantado en el camino murmuró como si de golpe hubiera comprendido todo: “Es la música de la gran ofensiva… La canción que impide ver la muerte… La marcha que convierte en fuerza un odio de siglos… Nuestros camaradas de Rusia no han olvidado un solo detalle”.Y cuando se abrió la puerta se hundió en la casa. Pero ya no pudo seguir cantando. Ni tan siquiera mentalmente. La mirada de la madre era todavía más fuerte que su pasión rabiosa y ciega por la revolución. “Hombres made in MoscúEnrique Castro DelgadoLuis de CaraltBarcelona 1963

  7. Mercutio

    A ver si va a haber hondonadas de hostias, Marqués: esto no es revisionismo, sino historia. Lo que el revisionismo, por definición, no puede ser.

  8. Bremaneur

    Mercutio, es un placer (ah, ahh, ahhh) tenerle aquí. Lo del Marqués es una broma privada que le agradezco enormemente.

  9. El rufián melancólico

    FOTO: HERMANOS MAYOPor ir haciendo un apunte de dramatis vitae. Cuenta Castro en su libro que el fotógrafo en aquella auroral redacción de Mundo Obrero era Mayo.Bajo este título de resonancia revolucionaria se reunía una familia de fotógrafos comunistas. “Foto Mayo” era la leyenda del matasellos que estampaban en azul o negro al dorso de las copias. Además de su fotografía de guerra, retrataron el mexico de los 40 y los 50 e hicieron de su estudio, su “Foto Mayo”, una firma de primer nivel en la fotografía y la prensa mejicana.Las mejores fotos de Trotski, y de su asesino, Ramón Mercadé, son las suyas. Dieron la vuelta al mundo.Inolvidables, sorprendentes por su modernidad, sus fotos del Mexico de los cabarets, de los combates de boxeo, de los limpiabotas, los billares, los mariachis y como no, los toros y sus plazas.A Marilin Monroe en su visita a Méjico la fotografiaron con el objetivo “desviado” y dio la casualidad que la pillaron sin bragas. Esta foto desde luego no dio la vuelta al mundo, pero se puede ver, junto a una amplia selección en el estupendo catálogo de la exposición que el IVAM de Carmen Alborch les dedicó en 1992.Imprescindible.

  10. El rufián melancólico

    EL DIOS QUE FALLÓLe doy vueltas a la literatura de los renegados. El libro de Castro no deja de ser hijo de otro libro bastante más temprano: La noche quedó atras, de jan Valtin.Inolvidables sus estampas de la revolución de Hamburgo y sus derrotas marineras y bolcheviques entre los estibadores de medio mundo.Mi ejemplar es de 1944 y lo publicó en dos tomos las Ediciones Condor de Valparaiso.Otro libro similar al de Castro en muchos puntos sería el de Ettore Vanni, que ahora desgraciadamente no tengo a mano para comparar fechas. La cuspide indiscutible del género sería el cero y el infinito de Koestler, escrito a lo largo del año 1941. Por cierto, acaba de ser publicada por la Colección Correrías de Ikusager la biografía que de Willi Münzenberg escribió su mujer, Babette Gross. El prólogo lo escribió Koestler en londres y tiene la fecha de abril de 1967.Es la primera vez que se publica en España y su presentación es excelente, sobrecubiertas, tapa dura, buen papel, fotografías…Esta misma noche comenzaré su cata.

  11. Bremaneur

    Me pone los dientes como sables, Rufián. Sigo trabajando en el siguiente texto. La polifonía del horror.

  12. Bremaneur

    De los renegados que usted habla, Rufián, me gustaría dejar constancia de dos, muy poco conocidos y que poco o nada tienen que ver con la historia de la guerra civil. Son hispanoamericanos: Rubén Salazar Mallén, de México, y Alberto Hidalgo, de Perú. Ambos tontearon con el comunismo y terminaron renegando de él. Alberto Hidalgo con su bilis característica. Salazar Mallén con un librito con muchas intenciones y lamentablemnte poco arte: Camaradas. De ambos autores hablo en la versión < HREF="http://" REL="nofollow">primitiva<> de esta biblioteca fantasma.

Los comentarios están cerrados.