La biblioteca fantasma

La virgen loca del comunismo (VI)

Margarita_Nelken

Francisco Camba recibe la noticia de que el gobierno republicano se traslada a Valencia. Observa la gran cantidad de camiones que hay en la puerta del Museo del Prado, del Banco de España y del Monte de piedad. “¿Qué ocurre en Madrid?”, se pregunta. “Sólo una persona lo sabe. Sólo una me podrá informar”.

Camba acude a la embajada rusa en Madrid: el hotel Palace. Allí se encontrará con Margarita Nelken. Nos cuenta cómo la conoció y será testigo de una conversación entre la Nelken y Marcel Rosenberg, el embajador ruso en España (en la fotografía).

* * *

rosenbergEl Palace seguía teniendo todo su aspecto de hotel. Aún había alfombras en el suelo y por los amplios zorredores circulaba un público no menos abigarrado y cosmopolita: altos jefes del Ejército; individuos con el carnet de notas denunciando su condición de periodistas; mujeres con gran cartera bajo el brazo, dándose toda la importancia de quien sabe cómo se gana la guerra y se salva el país. Una de éstas, hacia la que el grupo extranjero de los del carnet se abatía como los gorriones de la Castellana sobre un mendrugo y los informadores del Congreso sobre el político de actualidad, fué la que despertó dentro de mí al periodista dormido. Con el poder que Margarita Nelken tenía en aquella casa, ¿no pudiera presentarme al embajador? ¡Qué interesante, ya encalabrinado en mí el afán de meterme en líos inherente a toda la clase, una conversación con Rosemberg! ¿Me haría Margarita ese favor?

Cierto día, años atrás, entró por mi casa una mujer mirándolo todo al través de los impertinentes y diciéndole a la criada con la voz más dulce, más suave y lánguida que allí se había oído nunca:

– Anuncie usted a Margarita Nelken.

Ya delante de mí, la voz, aun cuando se creyera imposible, endulzóse todavía más. Los gestos no eran los de una mujer que quiere ser agradable, sino los de un terrón de azúcar que se derrite.

– Perdóneme usted. ¡Sin conocerle, este atrevimiento! Pero me parece que le conozco hace años, que somos amigos de siempre. ¡Le he leído tanto, tanto! Quisiera de usted un favor.

Mi mujer, que es de La Coruña, donde, si Otelo nace hembra, hubiera tenido Shakespeare que ir a documentarse, al escuchar tan lánguida voz y risas tan musicales, tan de pajarillo tropical, no tardó en buscar un pretexto para meterse en el despacho. Margarita se pegó los impertinentes a los ojos.

– Su señora, ¿verdad?

Fué ella quien respondió:

– Perdóneme que le sea franca. Venía un poco mosca, ¿sabe usted? ¡Una voz tan bonita, tan de mujer segura de sí! ¡Este hombre, que necesita tan poco!…
– ¡Ay! ¡Encantadora! ¡Qué simpática, qué femenina! ¡Cómo me gustan a mí las mujeres celosas!

En vista de esto, mi mujer la consideró simplemente un compañero de su marido. Y Margarita acabó de ganarla declarándose femeninista, no feminista; esto es: partidaria de que las mujeres sean mujeres, no de concederles ninguna de las regalías de les hombres.

– Ni voto, señora, ni casino, ni el cigarrillo siquiera, como no sea para presumir, para mejor mostrar las manos y las sortijas, para adoptar actitudes ensoñadoras viendo las volutas del humo. ¿No le parece?

Volvió a mi casa, lamentando que nuestro próximo plan de veraneo se limitase a un pueblecillo, casi una aldea de la Ría de Arosa. Ella se iba a una playa adorable, cerca de Burdeos.

– Usted, señora, si su marido quisiera, podría veranear en Le Touquet. Yo tengo menos relaciones que él, y, sin embargo… Claro que soy una mujer realista, ¿por qué no decirlo? Ahora manda la Dictadura, y estoy con ella, en un puesto de confianza, de esos que llaman delicados…

nelken

Pues a esta mujer, que por lo visto estaba al servicio de los asuntos secretos de aquel gobierno, me la encontré al alborear la República tomando notas en la tribuna de la Prensa.

– ¿Para dónde es eso, Margarita?
– Para El Socialista, a ver si me dan un asiento ahí abajo. Aquí se está muy incómodo.

En las primeras elecciones a unas vacantes que había fué diputada por Badajoz. Para corresponder a los votos de Castilblanco se declaró enemiga personal de la Guardia civil, partidaria no sólo de su disolución, sino de su exterminio. No luchó en Asturias porque la lucha ya no era puramente oratoria> pero huyó a Rusia. Y aquí estaba ahora, de vestal de los principios proletarios, cuidando escrupulosa y fieramente el fuego sagrado de la revolución.

Mas si al recuerdo de su voz en la primera visita lo vi todo fácil, estos otros detalles me aplanaron por completo. Margarita no me presentaba a Rosemberg. Ya podía decirle que el artículo se publicaría en cualquier periódico del régimen. Ya que sólo se trataba de simple curiosidad de espectador por un hombre tan interesante. Ni una cosa ni otra era capaz de creérmela. Margarita me conocía lo suficiente para desconfiar en el acto de mí. Una fuerza superior a todo, sin embargo, el presentimiento acaso de que algo extraño facilitaría pronto mis deseos, me hizo esperar.

La gran miopía de Margarita favoreció mis planes. Gracias a ella pude pasarle inadvertido en el diván, atisbar sin infundir recelo, verla detenerse un instante a mi lado sin sospechar que nadie la acechaba. Y no teman ustedes que me aproveche de la indefensión de los lectores respecto al autor de la obra para decirles que Rosemberg vino a sentarse con Margarita precisamente al lado mío, incluso separándonos un biombo por cuyas rendijas yo pudiera oírlo todo, y hasta ver. Esto, indudablemente, facilitaría mucho las cosas. No se trataría tampoco de nada fuera de lo normal. ¡Cuántas veces, en los jardines de la literatura, delante de la pareja confiada, se ha visto aparecer el árbol que equivale al biombo de mi anhelo! Pero yo era allí simplemente un reporter, sin derecho a estos grandes auxilios providenciales. Yo tenía que conformarme, quisiera o no, a la realidad estricta.

Y la realidad, la estricta y severa realidad, no dió de sí otra cosa favorable a mí propósito que la presencia de Rosemberg cerca de mí. En vez de mandar subir a Margarita, el embajador del Gobierno de todas las Rusias, que por lo visto llegaba entonces de la calle, contestando con rápidos movimientos de cabeza a cuantos le saludaban al través del vestíbulo, abrió los brazos ante Margarita, y cogiéndola de la cintura, se retiró con ella a un rinconcito muy visible desde mi puesto de observación. ¿De qué se trataba? ¿De darse un beso en aquella soledad? No me pareció muy indicado el instante, y, por otra parte, otras eran también las Margaritas que interesaban al Fausto soviético.

Pronto noté que hablaban apasionadamente, mas no de amor, a buen seguro. De amor se habla de otra manera, con ademanes distintos, con pasión de otro orden. Pero ¿qué más? ¿Cómo no había reparado antes en el traje de Margarita, traje que yo no invento, pues ahí están los periódicos de la época, si seguramente de punto, con tal brillo de metal que a aquella distancia los hilos calcetados creyéranse los alambres de acero de una cota de malla? Bajando desde el cuello hasta las rodillas con la gravedad de una lóriga guerrera apretado a la cintura por una lámina refulgente y en la cabeza el pelo ceñido con una cinta, para desbordarse al ras de los hombros, era exactamente Juana de Arco, que acababa de dejar el caballo a la puerta.

Aquella vehemencia exaltada y ardiente, verdaderamente épica de la mujer, y aquel escucharla como a un enviado celestial por parte del caballero, ¿podían referirse a otra cosa que a los problemas de la guerra? ¿Y tenía yo realmente absoluta necesidad de escuchar la conversación para enterarme? ¿Qué se diría de un hombre educado en el periodismo por maestros como Julio Burell y Alfredo Vicenti si no supiera entender sin oírla la conversación de Margarita y el ruso, ella oradora de masas, habituada al gesto descriptivo, y él un diplomático, un hombre que sólo por gestos debe expresar su verdad?

-¿Sabes lo que ocurre?-decía exaltadamente Margarita.
-¿Que Azaña se va? Hace tiempo.
-iY a dónde?
-Por ahora, a Barcelona; no te asustes.
-¡Pero no se marcha solo! Esto es una verdadera desbandada. Con él se van los amigos del régimen, los hombres de ciencia, los cuadros del Museo, los gabanes incautados por la intelectualidad antifascista. Si esto sigue, den. tro de nada se irán los ministros, los jefes del Ejército. ¿Cómo defenderse Madrid, sin obras de arte que el enemigo no quiera perjudicar ni Gobierno que pueda decretar la defensa? ¡Y las tropas que Araquistáin está, reclutando, las que, a costa de tanto dinero, se han pedido a todos los países del mundo, sin llegar! ¿Es que se abandona Madrid?

Al llegar a esto redoblé la atención. Estábamos ante lo que más me interesaba, lo que realmente me había hecho venir a la Embajada de Rusia en busca de noticias. Pero Rosemberg no contestó inmediatamente. Escuchaba con deferencia a Margarita, que allá seguía, anhelante y trémula:

– Yo no puedo consentirlo. Si tú lo permites, me voy a Francia. Ya no me fío de Araquistáin, de León Blum, de Litvinof ni de nadie. Madrid abandonado es la guerra perdida. Hay que salvarlo, Rosemberg. Oigo voces que me animan, que señalan esta misión a mi destino.

Era la Juana de Arco de la revolución, ya no había duda. Por algo, de triunfar ésta, se la había designado en una reunión internacional para jefe de los guardias de Asalto. Pero, como Carlos de Francia, Marcel Rosemberg no pareció conmoverse mucho a la exaltación de la doncella.

– Por mi, puedes irte cuando te dé la gana. Ya sé que hay en la misma Rusia cierta debilidad por la acción militar. Te confieso, sin embargo, que prefiero la otra. Prefiero a Azaña diciéndole al pueblo que antes con Rusia que con los sublevados; los republicanos y los socialistas, fomentando el fervor por la política de nuestro país; este pueblo admirable, tan compenetrado con nosotros…
– Pero que, no oponiéndose al avance-interrumpió desoladamente Margarita-, dejará perder Madrid. Atendí con más cuidado viendo a Rosemberg prepararse a hablar.
– Y nosotros no habremos perdido nada.
– ¿Qué dices?

Como Margarita, mirándole, esperase las explicaciones llena de afán, el diplomático se sonrió.
– Aunque nueva en el partido, eres para mí persona de absoluta confianza, y voy a descorrer delante de tus ojos algo del velo del secreto. Ve por esas tropas, a ver si se gana la batalla de Madrid, pero repito que esto es una cosa secundaria. ¿Qué importan los triunfos o los fracasos militares? ¿Qué nos importan a nosotros, quiero decir? ¿Es que somos españoles ante la contingencia de perder o ganar la guerra? Aquí se trata de algo más hondo. Deja que se vaya Azaña, que se vaya el Gobierno, que se abandone todo. La batalla que a nosotros nos interesa no es los llanos de Toledo, por mucho que allí resuene el cañón donde se da, ni será a las puertas de Madrid tampoco. La batalla de verdadero valor para nosotros se ha dado con los saqueos y los asesinatos de esos pueblos y está dándose aquí, donde la matanza, lejos de amenguar con el paso de los días, arrecia. Esto es lo único que necesitamos ganar.

Margarita quedó pensativa, deslumbrada un instante. El embajador le halagó cariñosamente el cuello por debajo de la melena.

– Si esto lo supieran nuestros enemigos, los capitalistas y los burgueses, ¡habría que oírlos! ¡El desenfreno llevado a límites increíbles! ¡El crimen preparado en frío, y por esto más repugnante! No lo es. Es táctica guerrera, estudiada con la misma serenidad que se estudia la de las Academias militares. Y, afortunadamente, los cálculos están saliendo bien. No sólo hemos encontrado un pueblo, sino unos gobernantes.

Ahora la mano subía del cuello a la faz de Margarita.

– Pero vuelve pronto de Francia, que, a pesar de todo eso, queda mucho por hacer. De la gente del Gobierno ni de los partidos no hay que fiarse demasiado. Los republicanos aceptan la revolución creyendo sacar triunfante al cabo la República que los ha hecho gente. Los socialistas, si llegan a ser los árbitros del triunfo, no tendrán inconveniente en dársela, seguros de poder utilizarla para ellos. Los anarquistas son unos locos que nos están haciendo el caldo gordo sin darse cuenta, pero de quienes no se puede uno fiar. Para que al final todos estos trabajos no se pierdan, el partido, desde ahora, sólo debe obedecer a una consigna: hacerse dueño del Ejército. Sus mandos tienen que estar en nuestras manos.

Y ya dos de aquellas manos acariciaban regocijadísimas el rostro de Margarita.

– Es el modo de ganar siempre. Si el Ejército, con los refuerzos que vas a traerle, realizase el milagro de vencer, habíamos ganado la guerra.
– ¿Y si no?
– Mientras contemos con colaboradores tan fieles en el Gobierno y un pueblo tan obediente detrás, algo mejor aún.
– ¿Qué?
– Ganamos el desastre.

Camba, Francisco. Madridgrado: documental film. 2ª ed. Madrid: Ediciones Españolas, 1939.

  1. El rufián melancólico

    Estimado Bremaneur
    Me deja usted abrumado ante tanto despliegue “nelkeniano”. Es un verdadero festín para mis ojos.
    Por mi parte estoy dispuesto a secundar su empeño rescatando nuevas páginas de nuestra virgen favorita.
    La irrupción de Francisco Camba y sus recuerdos de los años republicanos me obliga a saltar en el tiempo, a las primeras horas del martes 14 de julio de 1936, el dia siguiente a la muerte de Calvo Sotelo. La voz pertenece al diputado y dirigente socialista Juan Simeón Vidarte y aunque sea larga merece la pena darla integra.

    “Cuando todavía estaba bien dormido, despues de la trasnochada, como a las ocho y media de la mañana, me llamó desde la secretaría del partido, Ferbal, nuestro jefe de oficina.
    -Aquí está un señor que necesita con urgencia hablar con ustedes. Ha preguntado por Prieto, por Lamoneda y por usted. Le he dicho que los compañeros Prieto y Lamoneda no están en Madrid, y que usted llegaría como a las diez y media u once de la mañana. Dice que necesita hablar urgentemente con Vd.
    – Pásamelo al teléfono.
    – Soy un afiliado al Partido, el Capitán Condés. No sé si usted me recordará.
    – Si, recuerdo haber hablado con usted, alguna vez antes de octubre. ¿Qué es lo que se le ofrece?
    – No puedo decírselo por teléfono. Es algo que necesitan saber ustedes inmediatamente. Es algo grave, muy grave.
    – Siendo así, espéreme, que voy para el Partido.
    Me había impresionado la voz del Capitán Condés. Se le notaba nervioso, emocionado, con la voz acongojada.
    No desayuné no me afeité, sino que salí precipitadamente para la calle de Carranza.
    Estában Pedro y Ferbal, pues todavía no era hora de recibir a nadie en la oficina.
    -Le está esperando a usted en la Secretaría -me dice Ferbal. Pasé a la pequeña habitación donde celebrábamos las reuniones el comité de auxilio a las víctimas de octubre.
    Inclinado sobre la mesa, sujetándose la cabeza con ambas manos, vi al capitán, de paisano, pálido, con los ojos enrojecidos por el llanto. El último recuerdo que tenía de él era de un hombre alto, erguido, de presencia altiva y autoritaria. Se había levantado al verme entrar y le indiqué que se sentase.
    -Usted dirá qué le pasa.
    -Algo terrible. Anoche matamos a Calvo Sotelo.
    Me quedé frío. La impresión que sentí fue de las más terribles recibidas en mi vida.
    -Yo no quería, no fui a eso, nuestro propósito era solamente secuestrarlo, pero el “cubano” que venía conmigo le disparó un tiro en la sien y lo mato…
    -Cuénteme todo, Condés, qué pasó anoche.
    -Estuvimos velando el cadáver del Teniente Castillo hasta las dos o tres de la mañana; Después varios compañeros de Asalto y yo fuimos a comentar el asesinato del Teniente al cuartel de Pontejos. Allí solíamos reunirnos algunas veces los militares socialistas. El Coronel Burillo pretendía calmarnos. Nos decía que estaba seguro de que se haría justicia. Entonces uno de los oficiales dijo:
    ¡Qué demonio, ¡justicia, venganza!
    El Coronel Burillo nos llamó al orden diciendo que tuvieramos confianza en el Frente Popular que había que cambiar muchas cosas, pero que teníamos que tener paciencia.
    “Cuendo se marchó el Coronel Burillo nos quedamos hablando unos cuantos, exaltados. Rápidamente trazamos nuestro plan. Había que liquidar a los jefes de la sublevación. Públicamente circulaban los nombres de Goicoechea, Gil Robles y Calvo Sotelo. Nosotros creemos que la sublevación será monarquica y ellos son los jefes de la conspiración.
    Pensamos en buscar a Goicoechea, a Gil Robles y a él. Estaban con nosotros unos cuantos muchachos de las juventudes y quisieron acompañarnos, las camionetas estaban en el patio, esperando. Uno dijo que debíamos salir tres camionetas, una para cada una de las personas que queríamos secuestrar. Yo no pensaba en matarlos. Cuando nos decidimos a salir, muchos de los guardias de Asalto se habían marchado, otros no eran personas de confianza.
    El Capitán Candés se ha quedado unj rato silencioso. Se le ha secado la boca y lleva en sus labios un sorbo de café frío, de las muchas tazas que desde la madrugada lleva ingeridas, que le había traído Ferbal.
    -Después de discutir un rato decidimos utilizar una camioneta. Un oficial de Asaalto se acercó a mi y llámandome aparte me dijo: “Llévate la número diecisiete y si Calvo Sotelo duda en acompañarlos, dile que mire en la camioneta y que le llevais a ver al Director.
    Yo monté a la camioneta con varios guardias de Asalto y unos cuantos jóvenes de las milicias que nos habían acompañado. Nadie despegaba los labios. Estábaamos convencidos de que íbamos a realizar una misión histórica.
    No quisieron abrirnos la puerta. Yo enseñé a los policías que estaban en la puerta mi carnet de Capitán de la Guardia Civil. A poco tiempo se nos dijo que subiéramos. Nos recibió Calvo Sotelo en una salita. Nos preguntó qué queríamos. Su mirada era de curiosidad, no te temor. Le dijimos que era una entrevista con el Director y que no podíamos decirle más. Volvió de nuevo a pedirme el carnet. “¿Es usted de la Guardia Civil?”, dijo: “Confío en su caballerosidad.” Despúés se acercó al balcón, miró la camioneta. Leyó la inscripción. “Fuerzas de Asalto Nº 17” Ya no dudó un momento. Le ayudé a subir y quedó situado en un extremo trasero de la banca. No había en él la menor vacilación. Mis compañeros continuaban silenciosos. Al torcer la calle de Serrano, sonó un disparo y vi a Calvo Sotelo doblarse sobre el banco. “¿Qué habéis hecho?” dije. “Acabar de una vez” me dijo el que había disparado. Alguien dijo: “¿Qué hacemos ahora?” Seguimos dando vueltas por las calles, sin orientación. Nos detuvimos un momento. Alguien me aconsejó: “Lo mejor es llevarlo al cementerio.” Después de lo ocurrido no había otra solución, pero yo le juro que no di la orden de que le matasen. Yo quería tenerlo como rehen para que no volvieran a asesinar a ningún compañero nuestro.
    “Di la orden: al Cementerio del Este” Tomamos la calle de Alcalá rumbo al cementerio y dijimos al guardia que era un cadáver que habíamos encontrado enh la calle. Los que lo condujeron quedaron manchados de sangre y se marcharon a cambiarse de ropa; Otros se fueron a Pontejos a lavar la camioneta y varios de nosotros entramos en un bar y empezamos a tomar café y no se cuantos llevo.
    Despés acordamos venir a pedirles a ustedes consejo. Si ustedes nos lo aconsejan iremos inmediatamente a entregarnos a las Autoridades.
    -Yo no me considero facultado para tomar una determinación de esta importancia. Le he oído a usted como en confesión o como un abogado escucha a un reo. Aunque usted no haya sido el autor material del asesinato, es el que mandaba la expedición y su responsabilidad es la misma. Supongo que tendrá usted donde ocultarse, mientras vemos cuáles son las derivaciones que pueda tener este asesinato….
    -Sí, puedo ocultarme en casa de la diputada Margarita Nelken. Allí no se atreverán a buscarme. El guardia que le acompaña como vigilante, iba también en la camioneta. ¿Es que podría esperar a que Asúa o usted nos defendiesen?”

    Juan Simeón Vidarte “Todos fuimos culpables, testimonio de un socialista español” Volumen 1, Ediciones Grijalbo, Barcelona 1978.

  2. El rufián melancólico

    Estimado Bremaneur

    Ante la fotografía de la arenga en la ciudad levítica no puedo dejar de recordar aquellos versos del vate nacional católico.

    ” Y aquella tarde, contra
    las luces del crepúsculo sangriento,
    una walkiria rubia, desmelenada al viento
    llena los aires de rencor: “Las piedras
    del Álcazar -les grita- serán lechos
    para vuestras mujeres y nuestros milicianos”.
    Y las uñas sangrantes de sus manos
    repintadas, profanan la serena
    tarde y la dulce Sagra de abejas de oro llena.

    José María Pemán
    Poema de la Bestia y el Ángel

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