La biblioteca fantasma

La virgen loca del comunismo (III)

El Rufián Melancólico: Buenas noches.

Sigo a vueltas con la Virgen loca y roja. Se me olvidaba confesar que el Hotel de sus líos en Valencia era el Metropol, “estado mayor amigo” de la República en el levante feliz. La suite de más tronío y la más codiciada la ocupaba el embajador soviético Marcel Rosemberg, que había convertido el hotel en su principal centro de operaciones. Frente a su samovar recibía con frecuencia al anarquista y entonces ministro de justicia Juan García Oliver, que para pasmo del señor embajador de todas las rusias tuvo el atrevimiento de alojarse por derecho en tan privilegiado lugar.

metropol6“Cambié de hotel. Me fui al Metropol. El Hotel Inglés resultaba muy atosigante, lleno de gente a toda hora. Era tanto el barullo que resultaba difícil dormir descansadamente durante las noches. Tenía la impresión de que en aquel hotel debería resultar muy fácil descargar sobre uno todo un cargador de pistola. Además, carecía de protección contra un ataque aéreo. Metido en una plazoleta, entre edificios apretujados, con una dejada de bombas se vendría todo abajo.

En el hotel Metropol estaban alojados los soviéticos, desde Rosemberg hasta la última intérprete, pasando por los generales y los miembros de la GPU. El Metropol era por entonces el mejor hotel de Valencia. Los soviéticos iban siempre a lo mejor. En Madrid había observado que ocupaban casi todo el Hotel Palace. Y cosa curiosa, sobre el Palace y sus alrededores no caían nunca bombas de aviación ni obuses del 15,5. ¿Entendimiento? No creo. Conveniencias mutuas. Los bombardeos estaban reservados para los “payos”, los del país, como dirían los gitanos andarríos.

La dirección del Metropol quiso oponer resistencia a darme servicio de habitación y de restaurante. Alegaban tenerlo todo ocupado. Por un camarero nos enteramos de que no era cierto. Solamente admitían sovieticos y recomendados por estos.

Dos horas más tarde me presenté en el hotel Metropol, con mis escasas pertenencias y la escolta completa, en esta ocasión reforzada y con fusiles ametralladores. Al entrar, Aranda le dijo al administrador:

– ¡Deme la llave de la habitación del ministro de Justicia!

Se la dieron. el propio administrador nos acompaño a la habitación. Estaba en el mismo pasillo que las de Rosemberg y Gaiski, canciller de la embajada éste y hombre de confianza de la GPU.
Cuando Federica se enteró de mi traslado al Hotel Metropol, también pidió alojamiento y lo obtuvo.

Rosemberg, sutil y Gaiski, astuto, comprendieron que no les cederíamos ni lo bueno ni lo malo de España. En todo caso, nos lo tendrían que quitar, pero a las bravas”.

Juan García Oliver. El eco de los pasos. Ruedo Ibérico, París, 1978.

Del encuentro, días antes de esta escena, de García Oliver y Margarita en el Madrid sitiado y de las artes de seducción de la Virgen loca frente al legendario pistolero hablaremos una de estas noches.