La biblioteca fantasma

Gracia y desgracias de Castilla la Vieja

carnicerCarnicer, Ramón. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. 4ª ed. Esplugas de Llobregat: Plaza & Janés, 1976. 565 p.

Me apasionan los libros de viajes por lo que tienen de fuga y de frontera. Tanto más me gustan cuanto menos exotismo muestran. Me da pereza leer un libro de algún viajero que busca no se sabe bien qué en las estepas de Mongolia, por ejemplo. Un libro de viajes obliga a acompañar a quien lo escribe, y viajar a Mongolia implica ciertas molestias difíciles de resolver. Un viaje a las Hébridas en compañía del doctor Johnson, por ejemplo, resulta algo más agradable, sobre todo en compañía de un ejemplar de 1925 editado con la elegancia típica de los ingleses para estos menesteres. Los viajes por Castilla o Aragón se me hacen, sin duda, mucho más cómodos e interesantes. Los libros de viajes dicen tanto de las tierras holladas como del viajero que las recorre. Y uno, que tiene cierta tendencia infantil a meterse en la piel de los personajes de los libros que lee, se encuentra más a gusto explorando los rincones de su infancia.

La Biblioteca Fantasma custodia algún libro de viajes extraordinario, como los de Ciro Bayo –deliciosos y exquisitos- o Crónica de las fronteras, de María Dolores Serrano (Taber, 1970) y Viaje por la frontera del Duero, de Jorge Ferrer Vidal (Espasa Calpe, 1980). Aunque los más fascinantes son, junto a los de don Ciro, Judíos, moros y cristianos, de Camilo José Cela y Ebro/Orbe, de Arcadi Espada (ejemplar dedicado). Ambos los considero geniales. Es decir, clásicos. Cela tiene la ventaja de haber escrito el suyo en 1959, el año del Plan de Estabilización, cuando los tecnócratas comienzan a convertir una España idéntica a la que pudo transitar Cervantes en un país con ínfulas de modernidad. Así como el esperpento valleinclanesco no es sino una técnica sustancialmente realista, a Cela le basta con contar lo que ve para que lo que se muestra ante sus ojos aparezca ante los nuestros, lectores futuros, como algo fantástico de tintes cunqueirianos. Su genialidad está en el encuentro, en la descripción distante, en el tono poético, en la filosofía del camino y en aplicar la teoría de lo sublime al campo castellano -tan poco sublime él- dando relevancia al viajero, llamado vagabundo. Arcadi Espada se difumina más como viajero, pero por encima de todo surge su valentía al contar lo imposible: un viaje Ebro arriba hecho hoy en día, época en que los quilómetros no marcan distancias sino que las aúnan. Su genialidad nace de una inteligencia colosal, capaz de extraer de lo uniforme el aspecto discordante, de la masa el individuo, del tedio la expansión grotesca. Al igual que Valle y Cela se limita a narrar una verdad, pero hallar la verdad, el hecho y el dato en esta época clónica no deja de ser una tarea titánica.

Ahora bien, pongo por encima de todos estos libros –¡ojo!, se trata de una cuestión sentimental- el libro de Ramón Carnicer Gracia y desgracias de Castilla la Vieja. Lo conforman tres capítulos (Invierno, Primavera y Verano), se inicia en Medinaceli y termina, como el de Cela, en Guisando, junto a los toros de piedra. Invierno en Soria y un pie en Atienza; primavera en Cantabria, Palencia, Burgos, La Rioja y un pie en Navarra. Verano en Valencia, Guadalajara, Soria, Burgos, Segovia, Extremadura y Ávila.

Su viaje viene a ser como ir al bar, a un bar español de los años setenta, “a contar y a que me cuenten”, como decía un personaje de Torrente Ballester. Carnicer cuenta lo que ve y lo que le dicen y reflexiona sobre la tierra, sus gentes y la situación política de Castilla y de los intentos leoneses de distanciarse de ella. El viaje lo realizó Carnicer entre febrero y noviembre de 1973 y como dice en el prólogo, lo hizo prestando más atención a las villas que a las capitales. Caminando, en autobús o en coche, recorre las seis provincias que entonces formaban Castilla La Vieja. Nos habla de su pasado militar y de su presente callado. Nos pinta personajes peculiares, unas veces grotescos, otras dignos y decentes. Habla de las fondas y sus menús de comida podrida, de los esputos en los autobuses, de la suciedad y de la degeneración. También de la calma y de la belleza. No tiene compasión con la fealdad y la muestra sin recato. A veces alcanza extremos solanescos que mueven ora a la carcajada ora al espanto. Su texto sobre Ágreda es definitivo. Estuvo tres años antes de que yo naciera. Habla de un pueblo feo y triste, ruinoso; secado por el cierzo del siniestro Moncayo. Un cartel en una casa derribada, parece que destinada al baile, dice: “Toda persona masculina o femenina que haya tendrá que vay lar con todo á quel que baya á sacala. Si así no lo aze será desalojada de este salón”. Carnicer confirma el atavismo fronterizo del pueblo: “[…] uno tiene la impresión de haber abandonado Castilla. Confirma tal impresión este aforismo pintado en una pared: ‘Si rieres, no bebieres. Si bebieres, no espurrieres’”.

Otro libro de la verdad, la verdad más o menos inmediata de España, verdad que hoy se nos antoja tan lejana como el siglo XVIII. Cela, un Bayo algo más revolucionario, deja el tinte arcaico en su estilo y en su título. Carnicer no. Son continuas sus referencias al pasado, pero ante todo está atento al presente, a su presente setentero de citroen dos caballos y renault seis. A su presente fronterizo entre el arcaísmo y la modernidad, a la quiebra generacional de quien había de romper el hielo de la tinaja para lavarse por las mañanas y quien tiene moto y se morrea en el portal con un novio de botines y camisa a rayas. Una crónica precisa, exacta y tremendamente efectiva de la época del cambio antes de que el cambio se produjera.

El final, los toros de Guisando. Si el libro abre por mi infancia, cierra por otra época de mi vida. Un año visité Guisando y se inició formalmente ese otoño, y no en enero, una época desastrosa que deseo ver terminada cuanto antes. Fue un viaje triste, serio y ridículo. Jugaba, como en la infancia, a ser otro, pero se impuso la conciencia del presente y me vi reflejado tal cual era y tal cual soy. Ajeno a la realidad, troté por los campos haciendo el payaso y tomé fotos, malísimas. Terminé correteando como un autómata desbocado por las calles de Madrid y en Barajas apuré un bocadillo y una cerveza en silencio. Como si estuviese en 1973, como si me describiera Ramón Carnicer después de haberme encontrado por ahí y me recordara en su libro, memorial de pobrezas y falsos agravios, cuadro de malas costumbres, celda de locos y tristes sin futuro.

El libro puede encontrarse fácilmente en librerías de viejo. No es caro y es de buena factura, por lo que será raro comprar un ejemplar en mal estado.

  1. Elbucaro

    Siguiendo la referencia de este libro he llegado a tu blog. Me ha gustado esa crónica impregnada en sentimientos de tus letras y es que, como dices, el acercamiento a algunos textos es más fruto del sentimiento que de la literatura objetivamente hablando. Me gustaría leer ese libro, aunque supongo que será difícil de conseguir. Un abrazo.

  2. last churrero

    B., compartimos el gusto por los libros de viajes, en mi caso, también los de viajes a mongolia, siempre que el viajero se interese por las personas y no por las piedras. Hay un tipo que se monta en un tren y viaja miles de kilómetros (theroux se llama). Del reino unido a japón, pasando por irán. No importa, nos habla de sus conversaciones, de los hábitos de la gente, etc. La vida en los trenes, es como la vida en los bares y las posadas de carnicer. O así lo veo yo.saludos

  3. Bremaneur

    Acabo de leer los dos últimos mensajes. Elbucaro, no es un libro difícil de encontrar. Mire en las librerías cuyos enlaces están en la página principal. Los tendrá, y no a mal precio.Last, me siguen sorprendiendo estas coincidencias (GTB, Pink Floyd, los libros de viajes…)

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