La biblioteca fantasma

Con mi nombre y con mi espada

pelarda

Pelarda Gómez, Santiago. Con mi nombre y con mi espada. Barcelona: Sedmay, 1979. 186p.

Santiago Pelarda, gallego de aldea, aliento de orujo, genio terroso y alma de abedul, toma por título una de las frases que se dicen en su tierra para testar. Y este libro le deja a sus hijos, con su nombre y con su espada: la autobiografía de un hombre educado a sí mismo en la ebriedad. El libro es magnífico, una de esas joyas literarias y arrumbadas que justifican la vida del que lo escribió y del que lo lee. Está escrito con las vísceras pero su lenguaje es comedido, calmado; Pelarda Gómez entiende que su vida es anodina y que por tanto su autobiografía, aunque ha de reflejar su tedio, no ha de ser ni tediosa ni aburrida. Uno de sus trucos consiste en tomar un personaje como pelele y descargar su rabia sobre él. Se elige a sí mismo.

Un barranco de frustraciones separa su infancia y su juventud. Pelarda es uno de esos hombres que puede recordar con extraordinaria precisión cuándo tuvo lugar el cambio de una a otra. Sus padres lo mandan siendo un infante a La Coruña. Cada verano regresa a la aldea, y reconoce que de la ciudad no recuerda ni una calle, ni el olor del colegio ni si el maestro tenía o no barbas, o si el acento de sus compañeros era más o menos agaitado. En cambio, de la aldea recuerda palmo a palmo las corredoiras que habían de traerle de acá para allá junto a su amigo Fiz. Describe minuciosamente el olor de los panes, las melodías de la gaita en las fiestas, las caras goyescas de las viejas aldeanas, el sonido de los zuecos al pisar por las piedras viejas de las calles, la matrícula del autobús cargado de gallinas, maletas de cartón o petates abultados que parecían contener algún cadáver. Sin embargo, pese a su minuciosidad en algunos detalles, evita el cuadro costumbrista, la épica y la elegía. Su infancia, que es el germen del que nace todo el libro, no está recogida sino en apenas seis páginas. Bastan, eso sí, para que caigan ellas sobre el libro como una fina lluvia que lo tiña todo del sucio gris de la tristeza y la desesperación. Mundos perdidos, amistades diluidas, amores entrevistos.

Comienza la debacle, se abre el barranco, una tarde de fiesta en la que Fiz le presenta a sus amigos. Una cuadrilla rústica, realista por tanto. Para ellos no hay brujas sino mozas de culos prietos; no hay enemigos fabulosos sino capataces alcohólicos o jefes ambiciosos. El cabecilla del grupo de labradores y obreros es uno al que llaman “Sanedrín”. Pelarda, para el que la vida sigue siendo un juego, imita a esos chavales viejos y baila tontamente al son de la gaita, roba un pan y le levanta la falda a una muchacha. Sanedrín consagra al novato, que le ha hecho gracia, y le ofrece un cigarrillo. “A partir de ese momento mi individualidad se fue por el sumidero de la vida. Me había convertido, con ese ofrecimiento, en una pieza más de un engranaje que sólo cesará de funcionar el día de mi muerte”. Fuma, se emborracha, tantea inútilmente a las mujeres, grita, canta, baila. Al volver ese verano a La Coruña esa expansión vital se repliega y comienzan a llamarle “El amargado”. Por todo se queja, a todos critica, desprecia y humilla. Se ha dado cuenta de que su felicidad, su infancia, son ya irrecuperables. En dos magistrales capítulos, con forma ambos de memorial de agravios, expone su ser confundido y despreciable. Se enrola en un grupo de señoritos calavera. Bebe y al beber grita y se enfurece. Insulta e incluso llega a las manos, saliendo mal parado –una cuchillada, incluso, rayando la aorta. Se tiene por alguien especial pero descubre que no es mejor que nadie. No tardará en despeñarse desde lo alto de la columna que ha elegido como púlpito. Pelarda reconoce que estos años no tienen nada de extraordinario. Cientos como él barzonean por las calles y queman la noche con la mecha de sus demonios. No es excepcional su comportamiento canalla y alborotado. En una pensión de Santiago, donde vivió un par de años dizque estudiando en la Universidad, un compañero le presta un libro de Aristóteles,donde lee que algunos melancólicos, al beber vino, se quedan en completo silencio, y que eso les ocurre a los melancólicos que están locos. Toma entonces la locura por bandera. Un hombre que ha perdido la infancia y que solamente espera morir no es sino un loco. Y aristotélicamente pretende convertir su locura en silencio. Llega la segunda parte del libro. Un recorrido valleinclanesco por tabernas y tugurios gallegos,madrileños, bilbainos, burgalenses y zamoranos. Y un ansia enfermiza de aprendiz de borracho silencioso. Esta segunda parte resulta ser un pábilo, una narración del silencio, un derrumbe de la algarabía y la alhacara, una victoria de la nada. Mientras España emerge de las tinieblas franquistas, Pelarda se apaga en los rincones de las barras más siniestras. Si hubo días en los que la gente callaba y las putas gritaban debido a los pellizcos de Pelarda, ahora sus dedos quedan quietos, sujetando un vaso mientras España aúlla sus ansias de libertad. Pelarda lo ha conseguido. Silencio absoluto desde la primera copa. Las putas le rehuyen, los guardias le respetan, los camareros le ignoran,la juventud le desprecia. Ha llegado la hora de escribir su libro, de legar su vida a sus inexistentes hijos, con su nombre y con su espada. Cuenta Santiago Pelarda con setenta años cuando escribe sus memorias. Me ha sido imposible encontrar en internet la fecha de su muerte. Lógico, tratándose de una historia inventada.

Pelarda reconoce que estos años no tienen nada de extraordinario. Cientos como él barzonean por las calles y queman la noche con la mecha de sus demonios. No es excepcional su comportamiento canalla y alborotado. En una pensión de Santiago, donde vivió un par de años dizque estudiando en la Universidad, un compañero le presta un libro de Aristóteles, donde lee que algunos melancólicos, al beber vino, se quedan en completo silencio, y que eso les ocurre especialmente a los melancólicos que están locos.

Toma entonces la locura por bandera, ya que no otra cosa ha sido su vida, tan absurda. Un hombre que ha perdido la infancia y que solamente espera morir no es sino un loco. Y aristotélicamente pretende convertir su locura en silencio. Llega la segunda parte del libro. Un recorrido valleinclanesco por tabernas y tugurios gallegos, madrileños, bilbainos, burgalenses, franceses, holandeses y zamoranos. Y un ansia enfermiza de aprendiz de borracho silencioso. Esta segunda parte resulta ser un pábilo, una narración del silencio, un derrumbre de la algarabía y la alhacara, una victoria de la nada. Mientras España emerge de las tinieblas franquistas, Pelarda se apaga en los rincones de las barras más siniestras. Si hubo días en los que la gente callaba y las putas gritaban debido a los pellizcos de Pelarda, ahora sus dedos quedan quietos, sujetando un vaso mientras España aúlla sus ansias de libertad. Pelarda lo ha conseguido. Silencio absoluto desde la primera copa. Las putas le rehuyen, los guardias le respetan, los camareros le ignoran, la juventud le desprecia. Ha llegado la hora de escribir su libro, de legar su vida a sus inexistentes hijos, con su nombre y con su espada. Cuenta Santiago Pelarda con setenta años cuando escribe sus memorias. Me ha sido imposible encontrar en internet la fecha de su muerte. Lógico, tratándose de una historia inventada. La biblioteca fantasma ha de hacer honor a su nombre, y entre sus libros alguno ha de ser soñado.

  1. marquesdecubaslibres

    Brema, la biblioteca fantasma pertenece al género literario que mas me gusta: la prosa prostática y machorra. Siga así.

  2. Aquitania

    Sr. Brema, aún no he podido empezar el libro que me regaló de Sánchez-Ostiz porque estoy teminando otro y no me gusta dejar libros a medio leer. Ya le haré el correspondiente comentario, en públio o en privado, ya veremos.Sr. Marqués, un placer

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