La biblioteca fantasma

Cataluña 1934

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Gómez Hidalgo, Francisco. Cataluña-Companys. Prólogo de Azorín. Madrid: Librería Enrique Prieto, 1935. 232 p.

Cayó en mis manos este libro periodístico, faccional y pasional. Una hagiografía de Companys prologada por Azorín y un interesante resumen de los exaltados años treinta. Exaltados como su autor, Francisco Gómez Hidalgo. Escritor, director de colecciones de novela popular, cineasta, periodista, diputado. Rodó una película, La malcasada, en la que participaban numerosas personalidades de la época: Valle-Inclán, Primo de Rivera, Lerroux…; se batió en duelo con Rafel Gasset por un quítame allá esas pajas en un asunto en el que anduvo de por medio El Caballero Audaz; fue vehemente en sus artículos y en sus discursos, y participó en la guerra civil organizando la defensa de Castellón. Terminó sus días en el exilio, arrinconado.

Una vez leído el libro, incluyendo el prólogo de Azorín, y habiendo observado el lenguaje con el que está escrito, no puede uno sino recordar ese libro… cómo se llamaba… La existencia portentosa… o La disidencia licenciosa, o algo así, de Jordi Gracia. Redescubría Jordi Gracia las Américas en ese librito y nos venía a decir, más o menos, que bajo el lenguaje fascista todavía zumbaban los rescoldos de las brasas liberales. El diagnóstico nos lo dio en su día el Marqués de Cubaslibres: hemianopsia. Al igual que la prosa fascista, cuyas características muchos resumen con los adjetivos “rancia” y “casposa”, este libro rebosa virilidad y algunos párrafos tienen un deje espermático que atufa al lector más garrido y más putero (me refiero al más literariamente promiscuo, claro).

El libro sostiene dos ideas muy claras: Luis Companys (dudo que éste se sintiera ofendido por la castellanización de los nombres que hace el autor) era un político genial porque era de izquierdas, porque era republicano y porque era catalán. Y que la proclamación a la remanguillé del estadocatalándentrodelarepúblicafederalespañola era una justa y gloriosa respuesta al hecho de que en el gobierno de Lerroux entraran tres ministros de la Ceda, manifiestamente antirrepublicanos. Tanto las luchas callejeras y los asesinatos como la ruptura de los partidos republicanos con las instituciones eran justificables, pues de lo que se trataba era de defender una sistema político muy concreto. Salvando las distancias, es como si hoy en día se justificaran algaradas y tiroteos en protesta del Pacto del Tinell o de los pactos entre diputados socialistas y diputados de erc!, partido manifiestamente contrario a la monarquía imperante, contrario a la Constitución y contrario al sentido común.

El periodismo de Gómez Hidalgo es peculiar. Parece ser que en Cataluña no se quemaron iglesias, y eso que los obispos hicieron lo posible por que las teas purificaran el sacrificio católico al desalojar conventos y templos con el fin de facilitar la tarea a los presuntos incendiarios. En una algarada en las estrechas callejuelas del barrio chino, Luis Companys se abrió paso entre las tres o cuatro mil personas que querían linchar a un pistolero. No dice cuánto tardó en atravesar esa masa justiciera que se apelotonaba en esos callejones meados. Todo parece dirimirse en términos de buenos y malos. A un lado, la justicia gallarda, la humildad del héroe y la inteligencia infalible del caudillo social; al otro, “las gentes que basan su tranquilidad en la existencia de un mundo injusto”.

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El historiador Pío Moa ha sintetizado una de las ideas más importantes del libro en un artículo tan interesante como esquelético: “Gómez Hidalgo ha establecido la magnífica ecuación. Companys y Cataluña se encontraron juntos el 6 de octubre. Y no se separarán más” “Companys es Cataluña. Cataluña es Companys””. Así es. No hay más razón en Cataluña que la de las izquierdas radicales. No existe la derecha, pese a la insistencia recalcitrante de las votaciones. Esa apropiación, iniciada ya al menos en los años treinta, dura hasta hoy.

Azorín escribió pocos prólogos y sólo se avenía a ello, según sus propias palabras, en el caso de que la causa política que defendiera el libro a prologar fuera justa. Así debió de parecerle la de éste. Su prólogo es un documento interesantísimo desde el punto de vista hemianópsico. ¿Qué relación hay entre el Azorín de 1935 y el de 1939? Fácil: no más que la que pueda tener uno consigo mismo. En otras palabras: la que nos da nuestra propia naturaleza humana. Azorín defiende con vehemencia y ánimo que la unidad España es una aberración y que transcurso natural de la existencia obliga a Cataluña a separarse de España. Sin duda, se trata de una pieza mucho más interesante, desde el punto de vista formal, que el artículo del Abc escrito también por Azorín, que ese forúnculo de Companys que tiene el ruborificiente deshonor y dedécoro oblivendo de contarse José Luis Carod esgrimió un día no sé si en el mismo Parlamento, o en un artículo de la prensa comarcal, para justificar toda una vida de abnegación dirigida a construir un país permanentemente en obras. Albañiles de misión celestial, lampistas consagrados por el beso de la patria. El prólogo azoriniano y quizás todo el texto de Gómez Aparicio lo resume una brillante errata caída entre las mismas líneas de este libro: Homo homini lapsus.

Seguirán [habrían seguido] esta serie de Cataluña 1934 los libros El 6 d’octubre des del Palau de Governació, de Josep Dencàs, y Del esnobismo: causas del perjuicio que ocasiona a la juventud española, de Emilio Saguer i Olivet.