La biblioteca fantasma

Obsesos, delirantes, tristes y enamorados

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Hace unos años fui con un amigo a cubrir el expediente a unos cursos de verano. Se trataba de que fuéramos timados por la universidad con la excusa ineludible de la formación ajena a nuestros estudios reglados. Como estábamos en Barcelona, la oferta era de lo más moderna y variada: tenis, paseos por el campo (senderismo, creo que era el nombre oficial), estampado de papelotes (encuadernación, le decían), darle al pichorrico pa’ que salga el afoto (introducción a la fotografía), hablar logrando que el otro atienda antes a tus palabras que a las sopas que le salpicas (oratoria) y preparación para el Nobel (curso de escritura), entre otras. Aquello no estuvo mal, pues por dos duros cumplimentaba los créditos de la carrera sin esforzarme demasiado, comía con mis colegas en un restaurante gallego donde nos poníamos de pulpo hasta las cartolas, recorríamos las librerías al terminar las clases y gozaba con las parpichuelas que me hacía a la salud de algunas compañeras de clase. Además, en el curso de preparación para el Nobel oí hablar por primera vez de Carlos Pérez Merinero. No es que quien lo impartía fuera un fenómeno que rompiera los patéticos moldes del redactor jamontano para explicarnos qué era la verdadera literatura. Quien me habló de Pérez Merinero fue el amigo que compartía aula conmigo. En uno de los ejercicios teníamos que escribir la primera frase de una hipotética novela y mi amigo leyó, como si hubiese salido de su caletre, el primer párrafo de El ángel triste, ése en el que el protagonista yace en el suelo con la cara ensangrentada y al lado de las botas de un guardia que está a punto de darle una patada más. Llamó la atención, sin duda, aunque creo que a las modistillas que nos rodeaban les gustó más mi principio de novela, una patochada neorruralista y descriptiva que hablaba de la lluvia. La lluvia lava las malas conciencias, pero la sangre siempre hace asomar su sabor ferruginoso a las bocas más selectas. Al terminar con la farsa literaria, sentí curiosidad por saber cómo a mi amigo se le había ocurrido semejante frase, que entonces me pareció magnífica. Y fue cuando me habló de este desconocido, Carlos Pérez Merinero, guionista, escritor e ignorado por el mundo académico de la novela negra (entendida ésta en su significado más amplio), más pendiente de las idas y venidas de Pedro Caballo, o algo así, que de los personajes atormentados, delirantes, sádicos y enfermos de Pérez Merinero.

Compré con mi ansia habitual todos los libros que encontré de él. Y leí de un tirón El ángel triste, Días de guardar, El papel de víctima, Llamando a las puertas del infierno y Razones para ser feliz. Desde entonces se ha convertido en uno de mis autores más respetados. Independientemente de su calidad, éstos son siempre efectivos, pues cumplen con su trabajo y hacen destacar en cada párrafo qué frase ha costado días de sudor, güisqui y aporreamiento de máquina de escribir y qué frase les ha salido con la minga, sin importarles si estaba bien o mal siempre que encajara con el delirio que conformaba la novela. Estamos hablando de literatura.

Las novelas de Pérez Merinero son violentas y sus personajes son auténticos cabrones machistas u obsesos delirantes y desquiciados. Todos buscan ser felices y suelen terminar acribillados por los disparos de una pistola o por la puta vida. Quizás una de las excepciones sea el protagonista de Días de guardar, y quizás… quizás… su éxito tenga como cimiento el desapego absoluto que siente por las mujeres, causa de la perdición de otros personajes pérezmerinerianos. Así inicia éste su relato: “Y, sin embargo, se mueve. La muy hijaputa se mueve. No sólo se mueve, sino que pone su mano sobre mi pecho y la va bajando hasta dar con mi picha, que, después del castigo que la muy cabrona me infligió durante toda la noche, está más apagada que la puñeta. Juega un poco con ella y yo la dejo hacer. Pero cuando intenta pasar a mayores y dirige su boca a mi herramienta, que se ha ido animando con el toqueteo a que la ha sometido, le arreo una hostia en toda la jeta, que la deja alelada de cojones”. Bien. Novelas para espíritus primarios y adolescentes. Frustrados.

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Así es. Quienes veíamos la vida como ese tablero donde, al parecer y según nos contaban, habían de darnos de hostias hasta caer rendidos, las novelas de Pérez Merinero constituían esa medicina lenitiva que nos permitía engañarnos a nosotros mismos con la solución de las ficciones heroicas. Tal es la función de toda novela, desde El Quijote hasta Guillermo. La pulsión reprimida retomaba su cauce correcto y salvador con la lectura de los párrafos más violentos y delirantes. Los deseos aniquiladores los llevaba a cabo un personaje desquiciado, dejándonos a salvo a nosotros, satisfechos con nuestro pulpo a feira entre pecho y espalda y con que nuestros derramamientos fueran de semen y no de sangre. Corroborábamos que las mujeres eran tan putas en la ficción como en la ficción. Allá la realidad con ellas. Intuíamos que eso no era así, pero entonces no sabíamos que la literatura es tan poco útil para la vida como la brisca.

Esta literatura tan evidente de Pérez Merinero tenía la ventaja, además, de hacernos comprender que pese a que lo que veíamos al asomarnos a nuestro abismo era tan parecido a lo que veían sus personajes, éstos siempre terminaban por cruzar esa frontera de la locura que nunca nos atreveríamos a traspasar. Es la ventaja de la ficción. Por mala que ésta sea. Liberación, expiación. Siempre hubo alguien que lo hizo. Siempre hubo alguien que mató por amor, o quien curó su obsesión poseyendo a la mujer que atormentaba sus días y alimentaba sus delirios. Siempre hubo alguien que se desposeyó de sí mismo para convertirse en otro, tan utópico como suicida, tan tierno como sanguinario.


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Creo que son de interés los textos de algunas contracubiertas de sus libros.

Llamando a las puertas del infierno: “Esta es la trepidante narración de los atentados y crímenes de un joven psicótico, cínico y sin escrúpulos, dispuesto a realizar sus más profundas fantasías: secuestros, violaciones, asesinatos. Escrita en primera persona, tiene un extraordinario poder de seducción y una acción avasallante. La historia se desenvuelve a gran ritmo, como las fantasías del protagonista”.

El papel de víctima: “La fascinación que ejercer una mujer puede desencadenar en una mente enferma una atroz degeneración. Ese es el caso del protagonista de la novela. El amor a primera vista se torna en obsesión y en acoso. Por pasión, se finge asesino; por pasión, asesina realmente. Pero su destino es mucho más mediocre; acabará como tantos otros siendo víctima, víctima del desengaño. Y su efervescente amor se convertirá en odio mortal”.

Días de guardar: “Auténtica revelación dentro del panorama de la novela negra española, Días de guardar, primera obra de ficción de Carlos Pérez Merinero, une al rigor literario y a un ritmo narrativo trepidante características de mayor envergadura: una gran originalidad en su planteamiento y una verosimilitud y dureza sin precedentes. // Antonio Domínguez, el perverso protagonista, que puede parecer un verdadero canalla, describe a través de su carrera criminal la hipocresía de una sociedad tan corrompida como él. Por tanto, cuando toma la palabra, en ningún caso pretende justificar sus acciones: su mundo, presidido por la violencia, la marginación y el sexo, no admite más moral que la de la propia satisfacción”.