La biblioteca fantasma

Me corté la lengua

lengua

Emaldi, Alfeo. Me corté la lengua. 3ª ed. Madrid: Ediciones Javerianas, 1963. 186 p.

He conocido algún misionero cuando era un crío. Recuerdo especialmente a uno que anduvo entre los Yanomamis y que nos proyectaba diapositivas escabrosas de cabezas heridas. Por supuesto, nos llamaban más la atención que los cuerpos desnudos de las indias, que de tan pintadas parecía que iban vestidas. El tono del misionero, al hablarnos, era cansino y un tanto misterioso, como si estuviese convencido de que jamás lograría hacernos entender lo que supone predicar en la selva, haciendo de albañil, médico, maestro o juez y haber visto a gentes salvajes despedazarse entre sí o fornicando sin recato en alguna cabaña hecha de hojas. Ese misterio apenas esbozado y ese cansancio en la mirada y en el habla delataban cierto desengaño. Al menos, así lo veo ahora. Un desengaño como de personaje de Torrente Ballester, uno de esos frailes ateos que desempeñan su función con rigor extremo, aun sabedores de la farsa en la que se sustenta su vida. Como muchos de nosotros, por otro lado.
Algo de esto tiene Alfeo Emaldi, misionero javeriano. Los javerianos, inspirados en San Francisco Javier, santo español, apóstol de las Indias y el el Japón, nacieron como congregación misionera en 1895. Se han extendido por Japón, Pakistán, Indonesia, Sierra Leona, Congo, Méjico y Brasil. Después de una infancia algo traviesa Emaldi entra en el seminario. Poco después se va a China como misionero. Es el año 1926 y estamos en plena segunda revolución. Emaldi, miope, se dedica a bautizar paganos por las aldeas, que recorre incansablemente en bicicleta. Las anécdotas que relata muestran a un misionero miope y algo burlón que pese a no creer excesivamente en los diablos logra llevar a cabo un exorcismo movido por la fe. La sucesión de pequeños milagros, súbitas conversiones, moralinas hagiográficas y enfrentamientos con soldados y bandidos parecen servirle a Emaldi como justificación de su paso por un país convulso que está en plena revolución. Y, por supuesto, como escenario de lo que será su gran sacrificio y que dará lugar a la demostración del valor del sufrimiento.
Los enfrentamientos entre diferentes ejércitos y el peligro que corren los religiosos en un país que va a ser tomado por los filocomunistas le lleva a moverse por varias regiones en tren y en bicicleta. En uno de estos viajes muere uno de sus mejores amigos. Emaldi tira de proverbio chino: “Si se te muere la mujer, puedes encontrar otra; pero si se te muere un amigo fiel, ¿cómo podrás sustituirle?” En julio de 1936 Japón entra en guerra con China. Continúan los combates durante varios años y Emaldi es trasladado por su congregación al hospital católico de Tient-sing, en pleno epicentro de la guerra. Llega allí en compañía de unas mujeres y unos curas protestantes ingleses. La nacionalidad de éstos les permite pasar por las líneas chinas; la nacionalidad italiana de Emaldi es el salvoconducto que les permite recorrer la zona japonesa. El trayecto no es fácil y lo hacen a pie y en tren en medio de los combates. En Tient-sing Emaldi es detenido y la mayoría de sus compañeros son deportados a campos de concentración.
Termina la guerra. La misión que está a cargo de Emaldi ha sido bombardeada por los americanos. La congregación vuelve a sus labores misioneras, pero en 1947 comienzan de nuevo los problemas. Las tropas de Mao Tse Tung toman la región. Los comunistas comienzan a imponer su control. Envenenan a los perros, controlan las comidas y requisan los aparatos de radio; los impuestos son enormes, se impone “el catecismo marxista” y comienza a efectuarse el reparto de tierras. Dos policías interrogan a diario durante horas a los sacerdotes de la comunidad para conocer sus opiniones respecto del comunismo y el gobierno. Comienzan los fusilamientos y las detenciones. Entre los presos, Alfeo Emaldi. El 16 de noviembre de 1951 comienzan a interrogarle. Pretenden declararle enemigo del comunismo y tratarán de sonsacarle quiénes son los traidores que se han confesado con él. “Si hablaba, sería un traidor. Decenas de hombres y de mujeres habrían ido a la muerte o a prisión perpetua por mi culpa”. Después de presionarle de nuevo para que escriba, Alfeo Emaldi toma una sorprendente decisión, basada en la máxima del Evangelio: “Si tu mano te escandaliza, córtala; si tu ojo te estorba, sácatelo… es mejor ir al cielo con un ojo que al infierno con los dos…” En el bolsillo de su traje chino encuentra casualmente una cuchilla. Prueba a hacerse un corte en la lengua y ve que no siente dolor, así que al final se da un tajo definitivo. “De mi boca saltó un chorro de sangre que fue a caer a más de un metro de distancia. No cabía duda, había cortado la arteria lingual”. Está a punto de morir desangrado, pero logran pararle la hemorragia, lo que no obsta para que sigan las coacciones destinadas a la delación. Sorprendente: pese a no tener lengua, el padre Emaldi puede seguir hablando. Le obligan a firmar un documento donde se declara a sí mismo opositor del comunismo. La pena es el destierro. Veintiséis años después, el sacerdote abandona China.
Sacrificio, sangre, sufrimiento, redención y expiación. Todo inútil, aunque sólo sea desde el punto de vista meramente práctico. ¿Por qué se corta la lengua alguien que puede delatar bajo torturas a sus semejantes escribiendo en un papel? ¿Habría de cortarse también la mano? ¿Y el pene? Al fin y al cabo con la orina pueden escribirse nombres sobre la arena.

  1. Miguel Angel Guerra

    Siempre recuerdo y recordaré a este señor, (años 63/64 +/-) narrándonos su odisea particular en un salón de actos.Era sorprendente escucharlo con aquella voz y sin lengua, sólo un muñón en el extremo como él decía.
    Lo que más me impactó fue al entonar la canción que le había cantado a su madre al regreso a casa para que ésta no se diese cuenta de lo sucedido.
    A mis alumnos, al hablar de las posibilidades de la voz, siempre se lo presento como un modelo de superación.
    Un saludo.
    Miguel Angel Guerra

  2. Por la época que dice Miguel Ángel Guerra o quizá un año o dos antes, vino a mi colegio. Recuerdo su aspecto, sus gafas y cómo hablaba, más bien por la curiosidad que despertaba que no tuviera lengua.
    Lo escuchamos con mucho respeto y admiración y lo he recordado siempre pero sin muchos detalles accesorios. Hoy he pensado que podría saber más de él en internet y la búsqueda me ha traído a este artículo y a una entrevista muy posterior en ABC.

    No sabíamos de política ni nada por el estilo y quizá tampoco dijera nada de ello, ns hubiera aburrido.

    Gracias a esta entrada también he localizado el libro y su nombre.

    Saludos

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