La biblioteca fantasma

Un libro inquietante

León Villanúa. La Rusia inquietante: viaje de un periodista español a la U.R.S.S : años de 1928-1929. Con un mapa y dibujos del autor. Madrid: Agencia General de Librería y Artes Gráficas, 1931. 459 p.

***

La dictadura de Primo de Rivera fue una época de hazañas editoriales. Cada año salían a la venta un número mayor de libros. En ellos se podía encontrar lo que estaba prohibido en los periódicos y las revistas, objeto de una censura metódica y obsesiva que dota de pleno sentido a la máxima que reza así: “todo exceso de orden provoca desorden”. Los editores prosoviéticos -José Venegas, Rafael Giménez Siles, etc.- crearon editoriales como Oriente, Cenit, Hoy o Ulises en cuyos catálogos abundaban los títulos, a precios muy asequibles, de los grandes maestros rusos y de toda laya de escritores revolucionarios. «Surge entonces una profunda corriente de admiración y simpatía por la revolución soviética, que penetrará sobre todo en los medios obreros e intelectuales. [...] El clima de entusiasmo e interés  propiciará una avalancha de viajes. Todos quieren ver la nueva Rusia, adonde viajan Margarita Nelken, Álvarez del Vayo, Ramón J. Sender, Manuel Chaves Nogales, Josep Pla, Félix Ros…» (Carlos García-Alix, Madrid-Moscú). A esta nómina cabría añadir a Pedro de Répide, Eloy Montero, Diego Hidalgo y a León Villanúa, autor del libro La Rusia inquietante.

Su hallazgo ha sido una grata sorpresa. Su galería de personajes remite a los años de la bohemia, cuando la necesidad de sobrevivir con dos reales aguzaba el ingenio y la cara dura. Pese a narrar su viaje a Rusia, Villanúa se demora algún tiempo en París, donde está de hacia Moscú y a donde regresa antes de entrar en España. Sus peripecias son cuanto menos sorprendentes, y al final del libro dejan un molesto poso de inquietud, como si después de ser sableados con gracia no supiéramos si reírle el arte al sablista o darle una patada en los mismísimos.

Parece que en torno a 1928 Villanúa trabajaba en la redacción de un periódico. Un día, tras su desayuno de churros y aguardiente y su paseo por el Retiro, entró en el Museo del Prado. Allí conoció a una chica rusa, no especialmente guapa, que andaba copiando un cuadro de Velázquez. Ella le preguntó si era bolchevique. Respondió Villanúa:

«- Yo no sé lo que es eso; he leído libros sobre Rusia, y unos la elogian, otros la denigran; estoy hecho un lío, no sé qué pensar, ni si los bolcheviques son buenos o malos; esto es la verdad».

Hablando sobre la revolución y el desconocimiento de los españoles sobre Rusia y su pueblo, continuaron con la conversación:

«- [...] Yo tengo que amar la revolución bolchevique: sin ella, ahora sería un pobre animal de carga… Es esto de Rusia una cosa tan grande que ustedes no pueden comprender; claro que, como no van por allí, no pueden ilustrar al público…

- Ha ido mucha gente: franceses, ingleses, alemanes, americanos…

- Pero han ido gentes llenas de prejuicios, profesores de Universidad o jefes de partidos comunistas extranjeros, periodistas que iban a decir que todo estaba muy bien o muy mal, según les habían pagado; españoles no ha ido nadie.

- Dispense usted; han ido varios, que nos han contado sus impresiones: Álvarez del Vayo, Pestaña, Giner de los Ríos, Vecino Varona, Hidalgo, Chaves Nogales, han ido y publicado allí sendos libros; también ha ido Casanella, y creo que sigue allí.

[...]

- ¡Oh! Y periodistas han ido pocos.

- Yo no conozco a ninguno, fuera de Álvarez del Vayo, Chaves y Llopis.

- ¿Y por qué no envían a ustedes gentes que vean aquello sin pasión?»

Animado por la conversación con la muchacha, Villanúa habló con algún amigo periodista, por ver si le podían mandar como corresponsal a Rusia. No hubo manera, pero Sonia, la chica rusa, le llevó a la redacción de El Proletario, rotativo tildado a la vez de comunista y de ácrata. Villanúa viajaría a Rusia con el fin de escribir para el periódico una serie de crónicas sobre la vida en el país de los soviets. Tras las vicisitudes de vigor, preparativos clandestinos y alguna anécdota irrelevante pero divertidísima, llegó a París bajo el nombre en clave de Leviar (León Villanúa Artero).

«Conocí a una porción de hombres, silenciosos y melancólicos. Los comunistas. Eran sectarios de una religión indiscutible; desconfiados, hablaban entre sí alemán, francés o ruso; algunos, pocos, españoles me parecieron los menos simpáticos del concurso; además que creo me tenían envidia”.

Villanúa demora su relato en París, donde conoce a Abel Guzmán, el hombre que había de gestionar su viaje a Moscú. Juntos, y con el dinero que le entregó el periódico a Villanúa, se dan a la gran vida, al sable y a la triquiñuela. Abundan los elogios al vino (gran página, la 68: “muere más gente ahogada que borracha”), las conversaciones leves y diáfanas, la literatura, la incapacidad de las mujeres para ella, su asco por Cervantes, las tabernas y los bistrots, los personajes singulares; también una curiosa entrevista con el embajador ruso en París.

Finalmente, en la página 152 (el libro tiene 459), Villanúa y Guzmán cruzan la frontera belga para poner rumbo a Rusia tras pasar por Colonia y Berlín. En el barco que les lleva a San Petersburgo conoce a Katia, una rusa bien parecida, miembro de la GPU. Katia le deja en manos de Milà, un catalán encargado de guiar a los periodistas españoles por Moscú. La vida de Villanúa en la capital rusa es un tanto anodina. Turismo y “vodja”. Le cuesta ponerse a trabajar. Visitas al sindicato de periodistas, al comisariado de acción exterior… Descripciones desapasionadas, limpias de toda ideología, de alabanza o de rechazo. Poco a poco va enviando sus crónicas, que son severamente censuradas. Villanúa entiende que solo cabe hacer elogios de la vida soviética, y se lanza a ello sin grandes problemas con el fin de justificar el dinero que ha recibido.

«- He visto poco todavía de ustedes; he enviado a España dos crónicas encomiásticas; pero esta autocracia que ustedes me imponen a mí, hombre mediterráneo, me repugna.

Ivanoff se estiró los puños de la camisa y me pronunció un discurso con párrafos de Lenín, Bujarín y Stalín; pero nada de esto me hizo tilín.

- Mientras no instauren ustedes los derechos del hombre en toda su pureza, no merecerán el respeto y la consideración del mundo civilizado.

- Pero es que eso es una antigualla inaplicable; la libertad individual debe sustituirse por la libertad colectiva; el Sindicato debe imponerse al individuo; ¡veo que usted no es socialista!»

La sorpresa llega cuando Villanúa, repentinamente celoso de su labor, decide entrevistar a los grandes políticos rusos. Y llega hasta Stalin. Y a Kalinin. Y hasta Trotski, desterrado en Alma-Ata, tras un viaje increíble a través de Rusia. En esta entrevista, incluso, incluye un dibujo algo tosco de la cabaña donde estaba refugiado Trotski. Por lo que cuenta Villanúa, sus artículos y entrevistas debieron de aparecer en el Pravda y en el Izvestia.

Vuelve a Moscú, donde reanuda su amistad con algunos rusos (de melodramáticas relaciones; María, una de las amigas, llega a suicidarse delante de su amado clavándose un cuchillo en el pecho), describe la Zugaretzka (el equivalente al Rastro o a los Encantes, según él; en verdad, el mercado negro ya descrito por Giner de los Ríos), asiste a un bautismo donde se expulsa al diablo escupiendo en un rincón. Curiosidades y más curiosidades. Repentinamente decide dar por concluida su labor y regresa a París. En el avión que le lleva a Berlín decide tirar por la ventana su maleta, llena de folletos y prospectos soviéticos «para evitarme suspicacias en las fronteras polaca, alemana, belga y francesa». La ventana, por cierto, situada en la parte trasera del avión, era la que usaba el camarero para echar los restos de la comida y la correspondencia. Se habían acabado sus tres meses de estancia en Rusia.

De regreso a París vuelve a dar con Guzmán. Ambos se encuentran sin blanca y se ven obligados a trabajar en los lugares más insospechados. Como lavaplatos o como porteros en unos grandes almacenes. En este último lugar Villanúa, harto de las damas que le dejaban en custodia a sus perritos, coge a uno de ellos, lo tira al suelo y lo zapatea furiosamente, saltando sobre él, exterminándolo. Un día se encuentra casualmente con dos de sus amigas rusas. Éstas se lo llevan a una pensión, el Lenin Hotel, regentada por algunos compatriotas. Villanúa aceptó allí un refugio.

«Un día fui al Consulado de España a pedir que me repatriasen como indigente en último estado de precario económico». Y regresó a España. No dio con los comunistas de El Proletario. Tampoco con Sonia, así que «por fin, decidí, para vivir, buscar asilo en un manicomio, convento pueblerino o cárcel celular, pues eran los únicos techos que podían cobijarme». En Madrid volvió a encontrarse con Guzmán, que iba de paso hacia América. Ambos se encontraban en la glorieta de Cuatro Caminos cuando oyeron gritos alborozados. Se había instaurado la segunda república.

Espero que este desaliñado resumen dé idea del trajín del libro. Puedo asegurar que es una lectura apasionante, en especial para aquellos que, como yo, sentimos fascinación por el mundo de la bohemia. Nada en el libro parece convencional, como tampoco lo fue aquella tropa de escritores desharrapados que «tuvo más de forma de vida que de patrón estético», como dice Javier Barreiro en su libro Cruces de bohemia.

Como he dicho antes, la lectura de este libro deja un poso de inquietud. Según Villanúa, anduvo en París, antes de su llegada a Moscú, en torno a 1928. Allí se entrevistó con el embajador ruso, Leonid Krasin. Pues bien, Krasin murió en 1926. Es verdad que, ya en Rusia, le comunican esta muerte y él se da por enterado, pero las fechas siguen sin cuadrar. Tampoco le alivia a uno esta sensación el post scriptum del libro:

«He procurado describir el viaje a Rusia en forma novelesca para evitar esas latas descripciones de mis antecesores españoles en viajes a Rusia. Libros de gran valor estadístico, pero cuyas páginas son parecidas a una tabla de logaritmos o al libro Mayor de una casa de comercio».

A las situaciones inverosímiles (el encuentro en París con sus amigas rusas) se unen las alusiones que hay en el libro a la pertinencia de la mentira:

«Hay que advertir que el escritor que no miente es un ente despreciable, y debía de ser, en vez de literato, tenedor de libros, por considerar a estos respetables de la contabilidad los más verídicos de los plumíferos».

«Yo puse mi mejor cara de imbécil de las varias que uso en las presentaciones, pues exhibirse tal como uno es, al desnudo, ni es moral, ni bueno; en seguida “creen” conocerlo a uno; así que, poniendo cara de tonto, los tontos efectivos se creen superiores, y por la lástima viene la simpatía, la consideración; en fin, es muy difícil vivir “y muy malo decir la verdad”; el que nunca miente o es un ser sin imaginación o un malvado».

María Isabel Cintas, en su libro “Un liberal ante la revolución: cuatro reportajes de Manuel Chaves Nogales”, dice que el libro que Chaves Nogales escribió sobre Rusia se imprimió, casualmente, en la imprenta de Galo Sáez, la misma que dio a la luz el de Villanúa, «un libro que pudiera recordar a éste en muchos aspectos».

¿Qué hay de verdad en “La Rusia inquietante”? ¿Qué de mentira? Difícil de contestar, aunque quizá ayude algo saber quién fue León Villanúa.

He encontrado muy poco sobre él. Un capítulo en el libro Viajeros españoles en Rusia, de Pablo Sanz Guitián. No he podido consultarlo, aunque no creo que aporte grandes novedades. Si alguien lo tiene a mano le agradecería que me informara sobre ello. Gracias. La otra noticia viene en las memorias de Baroja. Habla de él en su “Galería de tipos de la época” y el capítulo que le dedica es el siguiente al de Pedro Luis de Gálvez. Lo transcribo entero:

«León Villanúa era tipo alto, de nariz larga, con una voz un poco agria, de viejo; de una volubilidad grande en su tocado: iba unas veces afeitado; otras, con barbas; otras, con bigote, con sotabarba y hasta con melena. Villanúa tomaba la vida en broma.

Había vagabundeado por Francia, con el hermano de un conocido mío llamado Emilio Pelayo, natural de El Provencio, pueblo de la Mancha próximo a Villarrobledo.

Según Villanúa, este Pelayo era un águila para salir de las situaciones difíciles, y contaba las cuestiones y las riñas que habían tenido los dos en Francia con los vagabundos y la manera de salir de las situaciones difíciles con las gentes y con los gendarmes.

Villanúa estaba empleado en el Depósito Hidrográfico, en una casa pequeña, del siglo XVIII, de la calle de Alcalá, muy bonita, que contrasta con el feo mamotreto del Ministerio de Instrucción Pública, construido al lado.

Villanúa tenía un jefe en el Depósito Hidrográfico que estudiaba las diatomeas, algas parece que tienen setenta géneros e infinidad de especies.

Villanúa quería hacer una canción para recordar los géneros principales de diatomeas, melosiras, cascinodiscas, fragilarias, gonfonemas, sururelas, cimatopleuras, navículas, pinnularias, etcétera, etcétera; pero no encontraba las consonantes.

Villanúa era aficionado a la mistificación. Estaba en el Depósito de Hidrografía en una época de habilitado, y una vez, para estampar la firma, puso, a estilo real: “Yo, León Villanúa”, con lo que, naturalmente, los empleados no cobraron, porque se encontró en aquella fórmula una irreverencia.

Otra broma, que repitió varias veces, cuando vivía en la calle de San José, pequeña y desierta, entre la de Huertas y la de Moratín, fue a poner una cartera vieja en el suelo, en un rincón de la acera, y observar el efecto desde el mirador de su casa.

Pasaban pocas personas por allí, y la mayoría de ellas no se enteraban o no hacían caso de la cartera; pero alguno se detenía, preocupado. Miraba a derecha e izquierda. No veía a nadie. Ponía el pie en la cartera. Volvía a mirar, después se agachaba, cogía el envoltorio, pensando que estaba lleno de billetes de banco y que se le había caído a alguno, y entonces Villanúa salía a la ventana del mirador y empezaba a gritar: “Eh, señor! ¡Amigo!…”

El hombre, a veces, abría la cartera, veía que estaba llena de papel de periódicos, la tiraba y echaba a correr.

Otra de sus mistificaciones, cuando hizo un hotel en la carretera que pasa cerca de la Casa de Campo, fue poner unos adornos en la verja con un pentagrama, y en él, las primeras notas de La Marsellesa. Pensaba que esto molestaría a los monárquicos.

También a Villanúa se le ocurrió escribir una especie de novela, en donde un joven hacía una falsificación de títulos de la Deuda, y estos títulos los llevó a San Sebastián, los enseñó a los amigos, y alguno, sin duda, le denunció a la policía, y le prendieron.

Durante algún tiempo, Villanúa aseguraba que obtenía el aluminio en la cocina de su casa. Según él, había inventado un sistema especial para obtener este cuerpo.

A mí me enseñó unas tabletas amontonadas que parecían de chocolate, desde el fregadero hasta el techo.

- Pero ¿necesitará usted un horno? – le dije yo.

- No, nada; aquí lo hago como quien cuece la sopa.

Tenía siempre proyectos raros. Me dijo que quería ir a pasar una temporada a Vera, comprar un terreno pequeño, levantar una casa de tablas, y cuando se cansara de ella, prenderla fuego.

Al último estaba un poco desilusionado con sus obras literarias. Decía que escritores cuyo nombre tuvieran dos o tres sílabas podían pasar a la posteridad: Cervantes, Calderón, Molière, Shakespeare, etcétera, etcétera; pero ya apellidos de cuatro sílabas era imposible que cuadraran en la literatura, y el suyo, con acento en la u, tenía cuatro sílabas, lo cual para él era un mal presagio.

Este acento en la u le perdía».

León Villanúa Artero nació en Logroño en torno a 1882. Inició sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Madrid en 1900. Parece que estuvo casado, al menos en 1933, con una tal María Fungairiño, de la que no he podido obtener ningún dato. Parece que su vida la pasó a salto de mata. Publicó varios libros humorísticos, al parecer de poco éxito. En 1925 le embargaron los muebles por unas deudas. Vivía entonces en la calle Segovia. Lo que cuenta Baroja sobre los títulos de Deuda puede documentarse. En 1920 el diario La Época traía esta noticia: «El comisario de Policía ha detenido a tres individuos que habían llegado en el rápido de la noche. Se llaman León Villanua Otero, marino; Enrique Cardenal Sola, comerciante, y Francisco Aguado Vicente, cesante de Hacienda. Registrados sus domicilios, se les ocuparon títulos provisionales de la Deuda interior de los emitidos en virtud del Real decreto de 1º de Junio de 1919, de á 5 000 pesetas, falsos. También se les ocuparon 10.000 pesetas en billetes del Banco de España». En su biografía sobre Isaac Peral Villanúa dice que fue marino. No he podido consultarla, pero así consta en la descripción que del libro hace una librería maña: «El autor de ésta biografía reivindicativa de su figura científico-técnica y humana, León Villanúa, mordaz marino mercante riojano, intentó publicarla en la Colección de Vidas Españolas e Hispanoamericanas del Siglo XIX, de Espasa Calpe, pero el Director entonces de dicha Colección, Don Melchor Férnandez Almagro, se opuso a ello «porque le sentó mal que yo llamase a las cosas por su nombre y a los políticos andaluces por sus canalladas». Lo cierto es que Villanúa, traductor de Trotski y viajero en la URSS, no sólo arremete contra los andaluces, sino también [contra] los vizcainos y catalanes, junto a los burócratas madrileños «chupatintas y demás gentuza ignorante, religiosa, necia, beoda y antiespañola. Y que nadie se ofenda, que lo digo por todos». Pero quizá la noticia más relevante sobre Villanúa sea ésta del Heraldo de Madrid, de 12 de enero de 1933: «Trotski, litigante en España»:

Estampa, 15/10/1932

«En nuestro número de ayer dimos cuenta de que se había intentado un acto conciliatorio interpuesto por Trotski contra D. León Villanúa y la Editorial Dédalo. Por la representación de Trotski se nos ofrecen los antecedentes de esos dos asuntos judiciales, y, según los cuales, la Editorial Dédalo preparaba um libro titulado «La vida de Lenin», que al parecer era impreso comó original de Trotski y traducido por el Sr. Villanúa.

En ese libro —según el Sr. Rodríguez Revilla, abogado de Trotski— se hacían los más absurdos relatos acerca de Lenin, tachándole de estafador, confidente de la Policía zarista, espía al servicio de Alemania, atracador, asaltante de la propiedad, etcétera; antes de que este libro saliera a la luz «Estampa» publicó un reportaje, ocupando sus primeras planas con fotografías de Trotski y Lenin y dando en el texto noticia do los más truculentos párrafos del
libro en proyecto; la publicación de este artículo es la causa del litigio contra «Estampa».

El libro ha aparecido con posterioridad. Trotski jamás escribió nada parecido, y, sin embargo, pese a ciertas modificaciones introducidas en su formato, sí le sigue atribuyendo la paternidad de ese trabajo. Los perjuicios económicos y políticos ocasionados, por una y otra publicación son enormes, realmente incalculables».

Lo que no he podido encontrar es litigio alguno sobre la supuesta entrevista de Villanúa a Trotski. El libro debe de estar lleno de mentiras y falsificaciones, cierto. Y como ingenuo que soy lo que me inquieta ahora es la verdad, lo que pueda haber de ella después de desbrozar la maleza de mixtificaciones con la que Villanúa la hurtó a sus lectores.

***

Tengo dos ediciones de este libro. La que figura al principio de esta entrada y esta otra, de cubierta diferente (no es que le falte la sobrecubierta). En ésta se incluye el precio del libro (6 pesetas). El ejemplar viene dedicado a lápiz, al parecer por el propio Villanúa (la firma es un tanto enrevesada y no se distingue bien el nombre) y lo pondré próximamente a la venta en mi espacio de Todocolección.

  1. Blas

    No sabía que Cháves Nogales estuvo en Rusia. Su viaje ¿fue antes o después de publicar “El maestro Juan Martínez que estaba allí”?

  2. Gracias por el comentario, Blas. Chaves Nogales estuvo antes en Rusia. De hecho, tiene dos libros publicados sobre sus viajes: La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja, que es de 1929, y Lo que ha quedado del imperio de los zares, de 1931. El primero está reeditado por Libros del Asteroide y el segundo por Renacimiento.

  3. alcuino

    Como sugerencia, se podría en este tema de los viajes a Rusia analizar otros textos o libros de los que fueron allí. Muchos de ellos jugarían un papel principal en la década de los 30, bien como políticos o como intelectuales. ¿Cuanta gente de los que fue allí en los años 20 se convirtió al comunismo y volvió a España con ideología revolucionaria?. Sería interesante ver los escritos de Álvarez del Vayo y su opinión al respecto de lo que percibió allí.

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