La biblioteca fantasma

Prostitución en Madrid

Navarro Fernández, Antonio. La prostitución en la villa de Madrid. Con un prólogo de Rafael Salillas. Madrid: Imprenta de Ricardo Rojas, 1909. 296 p.

A veces, comprar libros por internet depara algunas sorpresas. Cuando descubrí que una librería de Leipsique vendía este ejemplar, no me fijé en la descripción ni en las abreviaturas, por lo que desconocía que el ejemplar venía firmado. Tampoco supe que el autor había sido médico del Hospital de San Juan de Dios, lo cual, para mí, tiene su importancia. El ejemplar perteneció a la clínica de enfermedades de la piel de la Universidad Karl Marx de Leipsique. ¿Cómo llegó allí después de haber pertenecido a un olvidado periodista español?

El libro está dedicado de propio puño al periodista Álvaro Valero Martín, hermano de Alberto Valero Martín, colaborador de La Correspondencia de España y poeta antologado por González Ruano en su Antología de poetas españoles contemporáneos en lengua castellana. Álvaro Valero Martín fue corresponsal del Nuevo Gil Blas (Granada), de El comercio (Gijón), colaborador de El nuevo mundo y Gente vieja. Según Manuel Ossorio y Bernard, “no ciertamente por derecho propio, sino por auxiliar á su padre Valero de Tornos” (Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX). Juan Valero de Tornos (1842-1905) fue periodista, colaborador de La época. Hace unas semanas un descendiente de esta saga de escritores encontró esta reseña en internet y me ha enviado un correo de agradecimiento. Vaya dedicada esta entrada a él y a los suyos.

Según consta en la portada, el autor, Antonio Navarro Fernández, fue médico del Hospital de San Juan de Dios, médico del Cuerpo de Sanidad de la Armada; del Cuerpo de Médico de Baños, de la Beneficencia municipal, del Cuerpo de Médicos titulares, y médico forense de la Audiencia de Madrid. Año 1909. Prostitución. Médico forense. Médico del Hospital de San Juan de Dios. Hospital de San Juan de Dios… A veces pienso que mi cerebro no está del todo perdido. Recordé: ¡¡Baroja!!

Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio Aracil asistir a unos cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el Hospital de San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a Hurtado a que le acompañaran; unos meses después iba a haber exámenes de alumnos internos para ingreso en el Hospital General; pensaban presentarse los tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia. La visita en San Juan de Dios fue un nuevo motivo de depresión y melancolía para Hurtado. Pensaba que por una causa o por otra el mundo le iba presentando su cara más fea.

A los pocos días de frecuentar el hospital, Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.

Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de Dios.

Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, el espectáculo tenía que ser deprimente. Las enfermas eran de lo más caído y miserable. Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa impresión.

El hospital aquel, ya derruido por fortuna, era un edificio inmundo, sucio, mal oliente; las ventanas de las salas daban a la calle de Atocha y tenían, además de las rejas, unas alambreras para que las mujeres recluidas no se asomaran y escandalizaran. De este modo no entraba allí el sol ni el aire.

El médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo, con unas largas patillas blancas. El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería darse aire de catedrático, lo cual a nadie podía parecer un crimen; lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a aquellas desdichadas acogidas allí y las maltrataba de palabra y de obra.

¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante idiota mandaba llevar castigadas a las enfermas a las guardillas y tenerlas uno o dos días encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa, bastaba para estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua. Era un macaco cruel este tipo, a quien habían dado una misión tan humana como la de cuidar de pobres enfermas.

Hurtado no podía soportar la bestialidad de aquel idiota de las patillas blancas. Aracil se reía de las indignaciones de su amigo.

Una vez Hurtado decidió no volver más por allá. Había una mujer que guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma solía bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo; el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con sus alumnos; pero uno de los días el médico le vio y comenzó a darle patadas.

-Coged a ese gato y matarlo -dijo el idiota de las patillas blancas al practicante.

El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.

-Y a esta tía llevadla a la guardilla -añadió el médico.

La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vio que cogían a su gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.

-¡Canalla! ¡Idiota! -exclamó Hurtado acercándose al médico con el puño levantado.

-No seas estúpido -dijo Aracil-. Si no quieres venir aquí, márchate.

-Sí, me voy, no tengas cuidado; por no patearle las tripas a ese idiota, miserable.

Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.

Pío Baroja. El árbol de la ciencia.

En el libro aparece una descripción de lo que Baroja llama la guardilla:

“A la buhardilla

Hay mujeres tan pervertidas, en las que todo sentimiento de respeto está abolido, que ha sido necesario, en ocasiones, recluirlas en cuartos que en el anterior hospital estaban en las buhardillas, y en el nuevo siguen con la misma denominación, aunque estén a nivel del suelo.

Está terminantemente prohibido castigar con estos encierros sino en casos especiales de intolerancia, previo informe del médico de guardia y dando parte al Director.

La autoridad gubernativa, en caso de faltar á los registros, desobediencia, transitar por Madrid antes de la una de la madrugada, etcétera, las impone la pena llamada quincenaria (quince días de arresto), cuya corrección resulta inquisitorial, puesto que la cárcel de mujeres carece de suficiente número de camas y ropas, siendo esto causa de ser dadas de baja para el hospital por sarna, piojos, chinches, etc., conociéndose á primera vista, por su aspecto de miseria repusiva, las procedentes de dicho establecimiento penitenciario.

Por las mismas causas, hemos visto solicitar ingreso en el Hospital á las procedentes de las galeras de Alcalá, lo cual da idea de la miseria y el abandono en que, respecto á la higiene, están nuestros establecimientos de represión.”

El libro es un compendio de la vida de los bajos fondos de Madrid. Los datos, las estadísticas y las explicaciones de timos como el timo del gato, o el timo de la teta, explican extraordinariamente cómo era la vida española a principios del siglo XX. Y cómo la oscuridad del alma humana permanece invariable a lo largo de los siglos.

El libro tiene tres dedicatorias: al Ministro de Gobernación, D. Juan de la Cierva y Peñafiel; al Ministro de Gracia y Justicia, D. Juan Armada y Losada, Marqués de Figueroa; y al decano de los médicos forenses de Madrid, D. Adriano Alonso Martínez. Los primeros capítulos están dedicados a la historia de la prostitución, especialmente en España. Se reseñan las referencias que se hacen en los diversos fueros durante la edad media, se describen las mancebías españolas de los siglos XVI y XVII y se analizan las leyes al respecto y los códigos penales de los siglos XVIII y XIX. Posteriormente, como en el caso del libro ya comentado en La biblioteca fantasma “La mala vida en Madrid”, se hace un análisis de la fisiología de la prostitución, con una descripción minuciosa del modo de vida del hampa de principios de siglo. En capítulos posteriores, se trata de los efectos de la prostitución en el ejército y se describen los hospitales donde las prostitutas y los uranistas son acogidos. No faltan las consideraciones y las críticas a las diversas formas de prostitución (reglamentada, restringida, abolida, etc.) La última parte del libro se dedica al análisis del lenguaje del hampa y a los nombres de las mancebías, prostitutas y rufianes.

Un modo, como cualquier otro, de vivir unos años polvorientos de la España de la bohemia, de la España de Pío Baroja, Ciro Bayo, Valle Inclán y esa cofradía de la pirueta encerrada en su cárcel urbana, entre las rejas ocultas del yermo castellano.

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