La biblioteca fantasma

Orfeo en el infierno

Bayo, Ciro. Orfeo en el infierno . Madrid: Librería de los
Sucesores de Hernando, 1912. 242 p.

Me llegó el ejemplar por correo desde Argentina. Aunque cuando a uno le llega un libro de Ciro Bayo, está tentado a decir la Argentina. En la anteportada, un sello de las librerías Mackerns (Railway News Contractors). Es un ejemplar intonso, aunque muy dañado. Cada vez que acababa de cerrar el libro tenía que sacudirme de encima pequeñas partículas de papel, como si fuesen migas de pan. Su lectura ha llevado siempre un trabajo muy meticuloso que se iniciaba sacando el libro de un envoltorio que lo protegía de los golpes y de que la fatiga de su lomo no acabara convirtiéndose en rotura. Pasar las páginas ha sido tarea de cirujano o de poeta. Al final, después de sacudirse los restos del festín, como se suele decir, había que volver a guardar el libro en su cado. El mismo cuidado ha tenido la lectura de la novela. Había leído algo sobre ella, pero la mala cabeza me ha hecho olvidarlo. Quizás en Trapiello. Y en un prólogo de Lazarillo español, editado en Cátedra, que decía que en Orfeo en el infierno se retrataba bien la vida bohemia del Madrid de principios de siglo. No hay nada de ello. Es una novela sentimental, escrita con el sentimentalismo de Ciro Bayo, que entremete en una trama algo folletinesca y a veces débil algunos rasgos de erudición callada, buenos diálogos y mejores descripciones. ¡Qué personaje, el tío Basilio, cura vestido con balandrán y que esnifa rapé!

En el capítulo IV, titulado “En el que se vislumbra el porqué del título de este libro”, Miguel, que deviene al final en protagonista, explica a su tío Basilio por qué ha colgado los hábitos y cuáles son sus planes inmediatos.

- Tío, me inscribiré en el Orfeón, cantaré en las iglesias, daré lecciones de piano y violín, trabajaré, en fin, cuanto sea hasta que pueda abrirme camino. Como mi padre fue organista, ¿por qué no he de ser yo maestro de capilla, ó director de banda, ó si no cantante de nota? ¿Quién sabe?

- [...] Ahora medita bien lo último que voy á decirte. ¿Ya sabrás quién fue Orfeo?

- Sí, tío; el músico tracio, hijo de Apolo y de la ninfa Caliope. Por más cierto, ese nombre me daban los compañeros de Vitoria.

- ¿Sí, eh?, pues no les faltaba razón, porque así como tú, Orfeo fué á un tiempo músico y teólogo. Fué Orfeo el primer teólogo de los griegos, dice Lactancio Firmiano. Empezó cantando himnos y tañendo la cítara en alabanza de los dioses; luego cambió de tono porque se enamoró de Eurídice. Otro parecido contigo. El amor le hizo bajar al Averno, con tan mala ventura que vino á perder amor, felicidad y vida. Escarmienta en tu tocayo. Aun estás á tiempo de retroceder; de elegir entre la paz del santuario ó la odisea del infierno, que infierno es este pícaro mundo al que ahora te asomas. Mira, Miguel, no se cumpla en ti el retro fata vocant que pone Virgilio en boca de Eurídice.

- ¡Por Dios, tío, no augure usted tan mal! De todos modos le agradezco el consejo… pero mi resolución es irrevocable.


Y más que Orfeo, la que baja a los infiernos es su Eurídice, su prima, su novia, quien cae en manos de una criatura lombrosiana, digna de aparecer en La mala vida en Madrid, de Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo. La descripción de sus mañas como celestina y sus haceres como ama de mancebía de altos vuelos son extraordinariamente precisas. La pulcritud de don Ciro Bayo le impide caer en la escritura de una prosa desgarrada. No hay aquí escenas atormentadas ni actos descritos con sádica meticulosidad. Baste decir que la chica fue deshonrada para que todo el horror quede manifiesto, y que todos los actos posteriores de los personajes queden justificados sin que tengamos que hacernos más preguntas. Aunque es cierto que a veces la lasitud incomprensible de Miguel y los que serán sus compañeros parece producto de la vaguedad de algunos pasajes de la narración.

No merece la pena desvelar más puntos de la trama. Baste decir que el festín del que antes hablaba es una metáfora digna para algunas de las páginas de la novela, especialmente las de la primera parte, que transcurre en el País Vasco. La segunda es el paso por el infierno. En ésta época, un infierno no descrito con cierta puntillosidad nos parece aguado. Pero han pasado casi cien años. Son infiernos distintos los que don Ciro tuvo en mente (incluso al final de sus días, abandonado y sollozante) y los que hoy en día podamos representarnos.


Ejemplar difícil de encontrar en librerías. En bibliotecas no tanto. La tienen las públicas de Andalucía, Asturias y Regional de Madrid, cinco universitarias y la Biblioteca Nacional. Me permití su compra como un capricho y un regalo. Conviene dejar los infiernos para la ficción.

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